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Por ahí dicen que el resultado depende de quien tenga en sus manos el proceso; y muy cierto; en la clase de Artes mi frustración llegaba a niveles de una hormiga tratando de abrir una nuez cuando nos dejaban como trabajo hacer una manualidad; por ejemplo, hacer el sistema digestivo con plastilina; el de mis compañeros se veía (o yo lo apreciaba así) como para venderse después de clase; el mío, en cambio, parecían vísceras que habían estallado y que lo había hecho con carne molida. En la clase de Química, había gente que conseguía las combinaciones esperadas con ciertos elementos; yo sólo conseguía hacer explotar el laboratorio y, por ende, terminar expulsado de la clase; no todo es malo, también hay cosas que me salen bien (o eso quiero pensar), pero no hay más que reconocer que hay gente que hace maravillas con las cosas y otros, albóndigas; es decir, los dichosos “manitas de estómago”. Las redes sociales son ahora el máximo exponente de lo que comenzó como un fenómeno hasta convertirse en la cotidianeidad y casi obligatoriedad de pertenecer a alguna, llámese Facebook, Twitter, MSN, etcétera. Nadie puede negar que pertenezca a alguna y quizá más como la idea de crear una aldea propia, con variantes, en la cual uno mismo es el centro de ese universo; se es seguidor y se es seguido; nadie entra en mi minicosmos si yo no lo permito o doy mi anuencia; sólo los elegidos podrán saber lo que pienso y compartir o recordar ciertos momentos conmigo. Algunos utilizan estos medios para filosofar y tratar de obtener respuestas de “¡oh!, qué profundo es este mono”, mientras otros los sobreutilizan para contarnos que se están sacando un moco; como dicen por ahí, cada quien sus perversiones; sin embargo, hay extremos que no pueden quedar de lado. Hay quienes literalmente viven en el “Face”, aquellos que comienzan las modernas cadenas y que tres o cuatro veces por hora nos hacen llegar su incertidumbre si utilizar sillas rojas o verdes para el cumpleaños de su chamaco; esos serán tarde o temprano bloqueados de cualquier lista; por ejemplo, tengo un gran amigo que junto a su esposa esperaban a su primogénito; en ese tiempo, a través del teléfono y visitas platicamos dónde y cuándo se esperaba al bebé, los tradicionales “estamos al pendiente”, “ok, te aviso”. Un día se me ocurrió visitar a este amigo, pensando que la fecha estaba ya cerca; al tocar a su puerta, su esposa me dijo: “es que están dormidos”… ¿están? “Sí, es que el bebé duerme mucho, pero déjame le aviso a Fulano para que baje”. Al salir Fulano, el adjetivo más leve fue “gacho” por no avisarme; ¿la respuesta? “Lo publiqué en Face, ¿pues qué no viste? Hasta sentido estoy porque no me escribiste nada”. Perdón, no vivo en Facebook. Estas redes sociales explican a la perfección el beneficio que puede resultar en manos de ciertas personas y el desastre en las pezuñas de otros. Al iniciar Twitter, no voy a mentir que me parecía una herramienta para gente ociosa e incapaz de comunicarse de manera frontal con otro ser vivo, ya que lo utilizaban para decir “estoy a punto de entrar a ver una peli”, “me desconecto un ratito porque voy al baño a tirar el miedo”… ¿y esperaban así tener seguidores? Parece que la vida no puede continuar si no se están tecleando (y mal) los 140 caracteres que tiene el Twitter; un frenesí que facilita a los “reporteros” de espectáculos sus notas diarias; sólo hay que esperar a que Ninel Conde, Paulina Rubio y Alicia Machado hagan su intento por opinar para encontrar el tend topic de la semana; sin embargo, en las manos correctas las redes sociales resultan una poderosa vía de difusión y movimiento social. Gracias a Twitter se pudieron organizar los levantamientos en Africa del norte; gracias a Facebook se hizo justicia a Mariel Solís, la estudiante de la UNAM a quien estúpidamente las “autoridades policiacas” habían confundido con un elefante; he ahí la diferencia entre utilizar las redes para establecer lazos de amistad y compartir información, al instante, al mundo. Twitter ha demostrado su valía en las manos correctas. No es que estemos de amargados; todos tenemos derecho a decir lo que nos venga en gana o que todo lo que se publique debe ser importante, pero a diferencia de las palabras, que se las lleva el viento, lo publicado, publicado está y aunque cierres tu cuenta, tu o tus frases quedarán para la posteridad, ¿o no, mi querido Peña Nieto e hija que lo acompaña? Cualquier comentario o vituperio lo pueden “imeiliar” a: arhg68@gmail.com; prometo responder a todo twittero que se tome el tiempo de hacerlo.
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