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Por Andrés R. Helguera MEXICO, D.F..- Desde hace tiempo mi hija de nueve años me pedía que la inscribiera en las clases de karate a las que acuden sus primos; que le atraían los manotazos y las patadas; lo primero que pensé es que más que esas dos razones, lo que le gustaba era que todos los chamacos gritaban a todo pulmón sin que las “misses” o los papás los hiciéramos callar y, sobre todo, lo atractivo que se veía ese trajecito como para entregar sushi a domicilio llamado karategui; no se me ofendan, pero cuando el sensei (maestro) se me acercó para darnos la plática de orientación, varias veces estuve a punto de interrumpirlo para pedirle un yakimeshi o un tempura (ah, lo que hace la mercadotecnia; tantos siglos de enseñanzas sobre este arte marcial y todo para que los actuales restaurantes japoneses los incorporaran en su menú; como dicen por ahí, nadie sabe para quién trabaja). A mi esposa y a mí siempre nos ha parecido buena idea que la descendencia no sólo agite sus piernitas para ir al baño, o sus manos para apretar botones de consolas; y ya saben, uno sueña con que el orgullo de nuestro nepotismo parental sea el rudo, el mariscal de campo de la escuela, el velocista y el que le entre a las trompadas del tae-kwon-do o el karate; bueno, pues ni modo, las niñas se dan cuenta que pueden ser tan buenas, rudas y femeninas como Tigresa o Víbora; sin embargo, liberales y toda la cosa y después de que el sensei nos instruyó sobre los beneficios formativos mentales y físicos de su disciplina y toda la buena filosofía oriental, la verdad en mi cabeza sólo se repetía la imagen de aquella princesita que de repente se podría convertir en la million dollar baby; créanme que pensar que la nena de papá le va a entrar a los guamazos es difícil de digerir; pero la decisión no era mía, sino de la pequeña y apenas le íbamos a preguntar si le latía el asunto cuando ya estaba cual Kung Fu Panda dando marometas y poniéndose en pose de “éntrale, que aquí te recibe mi suela”. Total, que la enana entró y con apenas un mes de instrucción nos dieron el pretexto perfecto para pasar las noches en vela: en dos semanas iría a su primer torneo. Las indirectas hacia ella sobre si era muy pronto, que si lo había pensado bien, sólo encontraban respuestas de emoción; ante ello, no había más: a sufrir como novia de torero. No conformes con hacernos sentir que íbamos al cadalso, nos hicieron levantarnos a horas impropias para un domingo, día en que aún no logro que el Senado apruebe la ley que indique que nadie puede levantarse antes de las once de la mañana y que, si se puede, ni se bañe ni se levante de la cama; total que entre puras hormigas atómicas yo veía cómo los catorrazos volaban de un lado al otro, cómo a algunos pequeños (de verdad, muy pequeños) se les salían las lágrimas, mientras su sensei y papás les gritaban: “¡ora, no llore, aguante, échele pa’ lante!”; ya me quería ir; sin embargo, después de horas eternas de espera, le tocó a mi niña; al verla caminar hacia el centro de la pista (que para mí era como el Coliseo) creía ver cómo si fuera el momento en que descubrimos que Fiona, sí, la de Shrek, se convertía en toda una Ninja; no sé por qué, pero antes de iniciar se acercó hacia mí y me dijo: “pa’, no te preocupes, todo va a estar bien…” y entonces supe que así sería, y me convertí en su máximo fan. El Calcetín de la semana (aquellos que sólo abren la boca para meter la pata): “A (Rod) Laver (considerado uno de los tenistas más grandes de todos los tiempos) le hubiera ganado fácil y ante (Rafael) Nadal, un paseo”. Marcelo Ríos, chileno ex tenista número uno del mundo. ¿Qué podemos decir?: Por supuesto, cómo no; este es el ejemplo perfecto de cuando el “hubiera” funciona de maravilla porque no hay manera de hacer valer la palabra; además, no podría esperarse menos del “Chino”, que en múltiples oportunidades recibió el “Premio Limón” en Roland Garros, distinción que entregaba la prensa francesa al tenista más desagradable del certamen; ánimo mi “Chino”, aquí en El Hispano otorgamos el “Calcetín” pa’ que lo cuelgue con sus otros trofeos. Cualquier comentario o vituperio lo pueden “imeiliar” a: arhg68@gmail.com; prometo responder a todo valeroso que se tome el tiempo de hacerlo.
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