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Por Andrés R. Helguera Escena conocida: el vendedor nos da su palabra de scout de que ya soltando la lana y firmando el contrato/documento/factura ya todo está incluido y/o cubierto; a partir de ese momento ya no deberemos preocuparnos por nada, en absoluto… “usted nada más presenta su documento y nosotros haremos el resto…”. ¡Ah, qué tranquilidad! ¿no? Llegado el momento de hacer efectiva la promesa, como si fuera un cuento clásico, empiezan los “sí, está cubierto esto, aquello y lo otro, peeeero… falta eso, lotro y lo de acullá”, y empieza el calvario. En la naturaleza de la gente, la mejor manera de evitar los problemas y pasárselos a otra persona es prometer; a fin de cuentas cuando se den cuenta o lleguen a esos pasos/trámites/broncas ya le tocará al otro, pondremos nuestra cara de “juat” y las manos quedarán como las de Pilatos; por algo se dice que prometer no empobrece (al menos no al que te pone los espejitos y nos hace caer en sus letras chiquitas). Después dicen que por qué anda uno de desconfiado si el vendedor se presentó rete trajeado, peinadito y tenía cara de buena gente; la venta está hecha y te conviertes a partir de soltar la marmaja en el enemigo público número uno de la empresa o servicio que contrataste; ese “todo está cubierto, lo puede cambiar/cancelar en cuanto lo desee; si no queda satisfecho nos lo devuelve”, se convierte en el fastidioso “no, no se puede, eso no estaba incluido, no puede hacer cambios, así nomás; tendrá que pagar por el cambio, lo puede devolver, pero sólo la recibe la fábrica que está en Nueva Zelanda (claro que si estás en Nueva Zelanda, resulta que la fábrica está en Denver)”. Hace varios años compré un plan (todo incluido, obviamente) de servicios funerarios; hace poco tuve que utilizarlo (como verán, no fue para mí); al principio todo iba bien: puntuales, atentos y respetuosos, pero al llegar a la agencia todo se transformó en el purgatorio. Primero salieron con que, efectivamente, todo estaba correcto; sin embargo, faltarían cubrir los gastos de gobierno y trámites legales; ok, nada fuera de lo común, pero pensaba: “como todo buen gobierno, tu último trámite es pagar por haberte muerto”; después salieron con que había algo nuevo que no estaba contemplado: la embalsamada (yo quería ver un calendario, no sabía que aún estábamos en tiempos de los faraones); por supuesto que los mandamos a volar con esto del embalsamado y quedamos formalmente en que lo del papeleo (a sugerencia de ellos) se saldaría al final del servicio; ahí no quedó la cosa; pedimos que mientras preparaban el cuerpo (suena feo, pero así es mejor) iríamos a organizar otras cosas y que por favor no lo llevaran a la sala hasta que estuviéramos ahí, que en cuanto estuviera listo me avisaran a mi celular (estaba apenas en la esquina); bien, pues todavía muy corteses fuimos con el “agente” para avisar que ya podían proceder; ¿la respuesta? “pos ya lo subimos” (paciencia, paciencia); pedimos que lo regresaran para revisar que hubiera quedado bien y para que estuviéramos en la sala. Hasta aquí podemos librar los errores; sin embargo, no conformes con ello, al día siguiente, al momento de la cremación, pedimos que nos regresaran algunas cosas que habíamos colocado en el féretro para ponerlas en el nicho; ¿qué hicieron? “perdón, pusimos todo junto”; el colofón fue el momento en que nos avisaron que ya estaban las cenizas y sólo restaría saldar el pago de los trámites; la sorpresa fue que al frente del escritorio de la señorita de pagos estaba la urna (así, como que la delicadeza no es su fuerte), como si fuera rehén; no conformes con todas las metidas de pata, al momento de ingresar la urna al nicho, resulta que el maestro de ceremonias tenía los papeles de otra persona; pero eso sí, “todo estaba incluido”, sólo que no nos dijeron que el calvario también formaba parte del paquete; como decíamos, prometer no empobrece, pero cómo cuesta trabajo cumplir ¿o no? Como dijeran por ai’, son gringaderas. El Calcetín de la semana (aquellos que sólo abren la boca para meter la pata): “No pienso volver a este festival (San Sebastián). Era un festival realmente serio, era de los cinco de Europa y, de pronto, es subnormal. No volveré. San Sebastián nunca será Cannes, porque allí sí saben cómo se trata a las películas y a las gentes (sic) que vienen. Aquí es exactamente lo contrario, una pena”. Arturo Ripstein, director de cine mexicano, soltando su ira porque el festival no le dio ningún premio a su cinta “Las razones del corazón”. ¿Qué podemos decir?: No he visto la película, pero ¿será que una de las razones del corazón es lanzarse con todo por no ganar? De acuerdo, San Sebastián nunca será Cannes, como tampoco un perro será jamás un gato; y un tip: “gente” ya es plural. Cualquier comentario o vituperio lo pueden “imeilar” a: arhg68@gmail.com; prometo responder a todo prometedor que se tome el tiempo de hacerlo.
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