MEXICO, D.F..- Aunque nos agarran en fuera de lugar una vez más en la Copa América, ya con Uruguay instalado en la final y en espera de que se apunte Paraguay o Venezuela, podemos decir que el futbol mostrado en este torneo ha sido poco menos que decepcionante, prevaleciendo la interrupción sistemática a base de faltas para no dejar jugar y la total incapacidad de los delanteros para meter la pelotita en la red. Salvo la gallarda calificación charrúa a semifinales ante una Argentina que tuvo en su desesperación a su propio enemigo, en los otros tres encuentros de cuartos de final sobrevivieron los que hicieron más por entorpecer el juego que los que intentaron infructuosamente anotar.
No se trata de demeritar las victorias de Perú, Venezuela y Paraguay en los cuartos de final, pero envía un mensaje peligroso para el futuro de este deporte. No es nuevo aquello de “es más fácil destruir que construir”; sin embargo, en ocasiones se confunde el buen trabajo defensivo con un exceso de faltas para interrumpir los avances del contrario; eso ya es basar tu sistema en la trampa y, aún así, los resultados a mediano plazo parecieran dar la razón a este estilo. El arbitraje, a su vez, también tiene mucho que ver en el pobre espectáculo que observamos, con sus honrosísimas excepciones.
No es nuestra costumbre hablar del árbitro, ya que siempre hemos defendido el hecho de que sólo es una circunstancia del juego y, como humanos, son propensos al error, lo que da ese saborcito de polémica y que los jugadores, entrenadores y público deben tener en mente, pero en estos momentos, su convenenciero modo de trabajo sí está afectando los partidos. Los jueces de hoy no marcan lo que ven, sino lo que creen que no vieron; ante cualquier tiro de esquina, delanteros y defensas se aplican todo tipo de llaves de lucha libre y el árbitro siempre marca en favor de la defensa, incluso si saltan en grupo más de tres, el de negro silba y la repetición sólo nos muestra que la falta fue “amontonamiento”; si el defensa es tocado en su zona por el delantero, se le marca falta al delantero; si el defensa da faltas constantes, es amonestado; si lo hace el delantero y además reclama, es expulsado.
No es que los árbitros tengan preferencia por los defensas, sino que es más fácil traer ese chip de “nometerseenproblemas”,
pero no reparan en que no están para evitar problemas, sino para calificar y sancionar faltas. Cada avance de cualquier equipo se ve cortado por la llamada “falta táctica” y dejar que la defensa se acomode, y el jugador sabe que lo puede hacer tres-cuatro veces hasta que el árbitro lo amoneste; entonces el encargado de “faulear” será otro, y así nos vamos; por eso no es difícil ver que en los partidos se cometan más de 40 faltas, rompiendo cualquier ritmo de juego, algo por lo que el futbol ha prevalecido ante otros: el juego continuo “sin interrupciones”, pero eso ya acabó. Cuando los jueces se animen a marcar como penal todo jalón dentro del área y al principio haya 10 penales por partido, entonces poco a poco los defensores dejarán de hacerlo. En tanto, parece que los árbitros prefieren salvaguardar los 0-0 en favor de los sistemas defensivos, que proteger a los que intentan jugar futbol y, por ende, brindar espectáculo. Por fortuna, casi siempre estos equipos terminan por caer ante el buen futbol, el propositivo; ahí tenemos a España derrotando a una desconocida Holanda en la final del mundial de 2010; al Barcelona de Pep Guardiola tumbando la muralla del Real Madrid de Mourinho.
Ninguna victoria es injusta; esto es de goles y gana quien los anota sin importar cómo, pero siempre será mejor tener a un campeón que construye a uno que se basa en la destrucción; sin embargo, a veces el burro puede llegar a tocar la flauta.
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