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Por Andrés R. Helguera Mi bisabuela, ocurrente y propensa a recitarnos un refrán para cualquier tema de vida cuando éramos unos pequeñejos, podría haber encontrado chamba en la internet escribiendo uno diario. Entre sus favoritos estaban: “Otra vez la burra al trigo”, que quedó como expediente y prueba de caso de que los García (porque era la abuela de mi mamá) somos necios por naturaleza; “Más vale ser cabeza de ratón que cola de león”, vean que aplica de maravilla para las participaciones del Tri en la Copa de Oro y en la Copa América; o “Lo que la naturaleza no da, Salamanca no presta”; este la verdad no lo entendía pero, además de su verdadera connotación, en realidad, además de reafirmar nuestra necedad, era la manera de mi abuela para decir “pido, me rindo”; tenía todo un repertorio y gracias a la repetición constante e instantánea que recibieron mis oídos, se me quedó la costumbre. Una que rescato para estos días es el de “La burra no era arisca, a palos la hicieron”. Confieso que cuando mi madre me comentó del asesinato (no diría cobarde, porque todos los asesinatos lo son) de Facundo Cabral, cantautor y poeta argentino, que había apenas sucedido, lo primero que me vino a la mente fue “¿en qué parte de México? ¡No puede ser, ya estuvo!”. Al terminar de lanzar todos los vituperios de alto octanaje, caí en la cuenta de que había sucedido en Guatemala. No quiere decir que sentí un “alivio”, sino que me deprimí aún más y por tres motivos: el primero es darte cuenta del grado de temor y desconfianza que tienes de tu propio país, que certificas que todo lo malo ocurre aquí; segundo, que estos hechos resultan algo cotidiano y como alma gemela en cualquier parte y, tercero, que hayamos perdido a otro ser incomparable, con infinito mayor valor y derecho a seguir aportando a este planeta que los malditos que jalan gatillos y enlutan sin misericordia. La violencia del hombre no es nueva, no es una moda, es nuestra naturaleza. Los empalados, las “Conquistas”, la Inquisición, los nazis, las guerras mundiales, están en la historia por algo; sin embargo, jamás será suficiente justificarnos con este argumento porque caeremos una y otra vez en el “así soy, y qué”. Maquiavelo decía (o por lo menos eso recita la leyenda popular) que el fin justifica los medios, pero hasta cuándo algo como esto puede estar en ese mismo renglón; nada devuelve a sus seres queridos a la viuda, al viudo, al padre, a la madre, al hijo, a la hija, al amigo… Bajo el agua, en lo oscurito de la conciencia y como secreto de confesión, algunas personas tienen su teoría para “explicar” la creciente y rápida violencia en este país y cito a una buena amiga: “Esos demonios que andan sueltos son los perros del infierno que domina el PRI, gracias a sus 70 años de terror e intimidación. Como vieron que la gente estaba a un tris de levantarse, decidieron prestar el poder y soltar las correas de sus cancerberos para que la gente pensara que con ellos se estaba mejor y tarde o temprano pedir su regreso. Las recientes votaciones confirman mis temores. ¿Qué si regresa el PRI todo volverá a la calma? No, volverá todo lo que nos ha hecho ignorantes, corruptos… vulnerables”; yo agregaría que olvidar es traicionar a la historia; “Más sabe el Diablo por viejo, que por diablo”, diría mi bisabuela. El Calcetín de la semana (aquellos que sólo abren la boca para meter la pata): “Este país, antes era mejor, cuando quienes robaban eran únicamente los rateros”. Jaime Castro, candidato a la alcaldía de Bogotá, Colombia ¿Qué podemos decir?: Hay algo que no me queda muy claro, ¿qué todo el que roba no es ratero? ¿No habrá querido decir: “ahora hay muchos más rateros que antes”? Por lo menos suena menos “pior”. Cualquier comentario o vituperio lo pueden “imeilar” a: arhg68@gmail.com; prometo responder a toda bisabuela que se tome el tiempo de hacerlo.
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