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Cuando los huesos comienzan a crujir parece que de inmediato nos dan un guión que comienza con “En mis tiempos…”, eso que suena más a envidia que a consejo, sin detenernos a pensar en que hasta que los gusanos hagan un festín con este cuerpecito serán nuestros tiempos, no importa si tenemos 15 u 120 años. Hasta que colguemos los tenis y nos inviten a tocar el arpa en la sinfónica celestial o la guitarra eléctrica en el paisaje de Dante, “estos” serán nuestros tiempos, nuestra época. ¿Por qué ahora y no en los tiempos de las cavernas o de la Edad Media o de los faraones? Bueno, pues quién sabe y no nos vamos a meter en esoterismos (para quienes por cierto, todos fuimos guardias del faraón o brujas de Salem en vidas anteriores). El caso es que los cambios generacionales se pueden notar siempre y cualquiera hablará de acuerdo a como le esté yendo en la feria. No se trata de meter a debate si es mejor el antes o el después; hay cosas que de niño me hubiera encantado disfrutar o haber tenido a la mano; sin embargo, hay algo que no cambio por nada del mundo: la libertad para divertirnos con los amigos de la cuadra. Con apenas nueve o diez años, era común que mamá nos enviara a la tiendita de la esquina por el kilo de huevo, el limón o incluso a las tortillas. A esa edad, podíamos comenzar a salir a jugar con los cuates (futbol, beisbol, bote pateado, andar en bicicleta, avalancha, patines o sólo pasar la tarde haciendo maldades), además de ir al parque y/o al cine con ellos; llegada la nochecita, comenzaba el concierto en las ventanas de las casas: “¡Andreeeeeés, ya es hora, métete!” “¡Ernestoooooo, ven a acabar la tarea!” y poco a poco la calle quedaba desierta. Eso simplemente se acabó, por lo menos de este lado del Río Bravo, donde los polleros hacen de las suyas. Por supuesto que la historia del “robachicos” era ya leyenda, pero nos la platicaban en aras de no hablar o irnos con extraños; ahora nuestros hijos no tiene ni siquiera la posibilidad de ir solos (por lo menos hasta ya grandecitos, casi con barba a la Tizoc) al estanquillo por las cebollas. El índice de inseguridad a todos los niveles nos ha puesto más que alertas para que, por ningún motivo, los chilpayates vayan solos a los parques, o que puedan salir a jugar con amigos de la cuadra; o van a su casa o vienen a la propia… y para tirarse a jugar Gameboys o Wiis. Queramos o no, este autotoque de queda que debemos imponer es causado por un creciente e imparable índice de secuestros e inseguridad que las autoridades se niegan –déjense de corregir– de reconocer; yo quiero ver cuántos hijos de politicuchos salen a la party sin güaruras o van al parque sin la babysitter. Esta generación no conoce los juegos del avión o del resorte; tampoco socializar con gente de su propia colonia; no saben comprar un kilo de papas, pero ¿saben qué?, la culpa es de nosotros mismos, de esta generación; somos nosotros los que crecimos y nos hicimos malandrines, políticos y secuestradores, los que hicimos de la calle un peligro, los que hicimos de carne y hueso al “robachicos”; los que dejamos que 78 armas de fuego sin permiso para portarlas más que por el ejército no sean evidencia de que algo malo está pasando; somos nosotros quienes tiramos la llave de la libertad de tránsito. ¿Qué vivirán nuestros nietos? No lo sé, pero cada día damos pasos agigantados para convertirnos en ermitaños; hay que dar la vuelta, cambiar y exigir se cumpla con lo que deriva de nuestros impuestos, de nuestras elecciones; de nosotros depende cómo se recuerden “nuestros tiempos”. El Calcetín de la semana (aquellos que sólo abren la boca para meter la pata): “Estoy seguro en un 60%, 70%, que si hay divorcios es por culpa de las telenovelas, pues por ellas hombres y mujeres nos ‘ponemos cuernos’ (somos infieles)”. Evo Morales, Presidente de Bolivia ¿Qué podemos decir?: No conforme con que le sacaran recientemente un libro con sus “100 Evadas”, parece que el mandatario quiere arrancar con la segunda edición. De acuerdo con que las telenovelas no estén en el top 10 de cualquiera, pero se nota que las sigue atentamente y cree que son historias verdaderas. Entonces, en los juicios de divorcio llevarán a Carlos Manuel Gonzalo de la Torre y Aguado como prueba de cargo de que nos cantaron “El Venado” por su culpa. Cualquier comentario o vituperio lo pueden “imeilar” a: arhg68@gmail.com. Prometo responder a todo contemporáneo que se tome el tiempo de hacerlo.
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