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Por Andrés R. Helguera Por a’i me escribieron diciendo que por qué siempre ando de amarguete y amarranavajas, que ni todo es malo ni todo está mal; que por este lado del río también hay cosas que nos generan alegría y orgullo. Por supuesto que hay infinidad de cosas que nos generan algo más que una sonrisa, comenzando por las enchiladas de mole, nuestra valiosísima clase obrera (la de a deveras, no la de sindicatos charreros), la amabilidad de nuestra gente (siempre y cuando no esté al volante; con este tráfico infernal cualquiera se transforma en Gremlin), nuestra vasta literatura… Vamos pues, una lista tan larga que hasta alcanza para saber quién es el “Chicharito”, pero la diferencia es que las cosas buenas se gozan y perduran, mientras que al lado oscuro le tenemos que meter más candela porque facilito se nos olvidan y más de uno se aprovecha de ello en detrimento de la gente honrada, paciente. Nuestra labor es ser la piedra en el zapato de los vaquetones dispuestos a hacer todo menos lo que deben, no como el clásico chismoso de la oficina, sino como la voz del subconsciente que no se anima a salir por la boca de los demás; la información es poderosa, así como la desinformación y la omisión son el desastre histórico; no es estar de acuerdo o en desacuerdo con algo o alguien y teclear al antojo de la tecla veloz; es la opinión de muchos y la verdad de nadie. Ahora es común que entre nosotros las mismas buenas noticias sean muchas de las veces objeto del recelo, de la desconfianza; dicen que la mula no era arisca. ¿Qué es lo primero que viene a la mente cuando se anuncia que atraparon al secuestrador, narco o alimaña parecida? Hay que ser sinceros; claro que habrá quien responda ipso facto “¡Eso, vientos, genial, enorme!”; sin embargo, no podrán negar menos de dos lo que sigue: “Claro, para que lo suelten en menos de un mes o se escape misteriosamente”; “Si así como atrapan de fácil a los que son responsables del caso tan sonado se pusieran las pilas para atrapar al que mató, secuestró o violó al hijo del vecino…”. Cualquiera pensaría que ni las buenas nos parecen ciertas y que nos empeñamos sólo en ver el lado negativo de las cosas, pensando en el dicho de “no hay mal que por bien no venga” sólo que al revés. Tampoco es de a gratis. Sí, hay que aplaudir lo bueno y los aciertos, pero más importante es instalarnos en que precisamente así sigan las cosas; no dejar que se salgan por la fácil; que no sea para taparle el ojo al macho o que únicamente haya sido como el burro que tocó la flauta; por lo general tachamos lo malo y obviamos lo bueno; la bronca es que estamos sobrepoblados de necios que se aferran a seguir regando el tepache, a pesar de que la garganta ya se secó de hacerles notar que su “bien” se pasa de retórica, que si bien existe aquello de “lo hecho en México está bien hecho”, para lograrlo también hay remanentes que no desaparecen por esconderlos bajo la alfombra; para avanzar, hay que reconocer. Acá todo es dualidad; así como el cielo tiene a la tierra, o el blanco tiene al negro, es común parafrasear la “buena” y la “mala”; la buena es que el INEGI (es el organismo que por acá se encarga de hacer estadísticas) dice que 95 de cada 100 niños acuden a la escuela; la mala es que cuando llegan no hay maestros (pregúntenle a Oaxaca); la buena es que la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) ubicó a México en el lugar 33 respecto a la calidad de vida; la mala es que el estudio se realizó en 34 naciones; la buena es que el Fondo Monetario Internacional está considerando a un mexicano para ocupar la dirección del organismo; la mala es que se está pensando en Agustín Carstens (¿ya se les olvidó la “gripita”?). Nadie posee la verdad absoluta, o eso creo; por eso las posturas serán casi siempre encontradas; habrá quien vea el vaso medio lleno y quien lo vea medio vacío; el caso es que tenga algo para al menos participar, ya sea para bien o para mal. El calcetín de la semana (aquellos que sólo abren la boca para meter la pata): “Los únicos ‘shots’ para los turistas en México son de tequila”. Felipe Calderón, presidente de México. ¿Qué podemos decir?: Ojalá todos tuviéramos el sentido de humor del mandatario cuando nos cuestionan sobre la violencia por este lado. ¿Ahora sus discursos los escribe Eugenio Derbez? Cualquier comentario o vituperio lo pueden “imeilar” a: arhg68@gmail.com. Prometo responder a todo bueno o malo que se tome el tiempo de hacerlo.
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