La tecnología es fascinante, de verdad; es increíble la cantidad de aparatos y gadgets que surgen cada día para mantenernos comunicados y conectados; sin embargo, irónicamente, está ocurriendo completamente lo opuesto.
En días pasados estaba en un restaurante y me llamaron la atención varios casos: a mi derecha estaba una muchacha (sola) con su bebé en la carreola y escuché que se reía; al voltear, pensando que su ‘monito’ le había arrancado una sonrisa, pues no, estaba metidísima leyendo sus mails (o eso creo) con su smartphone, mientras, sin siquiera dirigirle una mirada al bebé, lo mecía automáticamente, cosa que duró un buen rato, hasta que llegó su comida y se enfocó en su plato (sin perder de vista su telefonito); a la izquierda estaba un grupo de cinco mujeres, que se notaba que eran amigas y mientras dos de ellas platicaban en corto, las otras tres no dejaban de teclear sus aparatejos, que de vez en cuando apartaban de su vista… sólo para enseñarles a las demás lo que fulanita le había enviado o escrito; esta dinámica tampoco cambió en ningún momento; pero el peor escenario fue ver a una pareja joven que llegó al lugar con su bebé de (creo) no más de tres años; después de sentarse y acomodar al niño en la “periquera”, lo primero que hicieron después fue colocarle un DVD portátil y ponerle una película, tras lo cual cada uno sacó su phone y se clavó en él.
Por la noche fui con mi esposa a un concierto y, todavía trayendo estas imágenes en la tatema, me hizo mucha gracia observar que una gran cantidad de personas, en vez de estar disfrutando de la música se apresuraban a conectarse con sus cuates vía facebook o twitter para comentar que estaban ahí, grabarles videos o fotos y subirlas a su página, ignorando en todo momento lo que ocurría en vivo en ese momento; otros preferían ver el concierto a través de sus pantallas del smartphone y registrar su asistencia; en una balada, todos los asistentes prendieron sus dispositivos para corear la canción; ¿dónde quedaron las velas o los encendedores? Obvio que ya no las dejan pasar y la luz (como todo) sale de estos aparatitos.
Son pocos pero contundentes ejemplos de que el poder de la conexión es ya parte de la vida diaria, imperativa de estos días; sin embargo, es difícil creer que no se entienda
el por qué se hace más popular el aislamiento personal ante la interactividad social; ya no es extraño ver que nuestros hijos prefieren no ir a fiestas o reuniones con tal de no apartarse de sus computadoras, ipads, smartphones, porque en cualquier momento pueden perderse de algo; incluso tengo conocidos que dentro de la misma casa se marcan por teléfono (de recámara a recámara) con tal de no dejar sola su computadora.
A mí me encanta la tecnología (que la tecnología no me quiera es otra cosa), pero tampoco estoy ciego para no darme cuenta de que todos estamos expuestos a ser dependientes al máximo de ella; ¿o qué, no conocen gente que entra en lapsos de crisis porque olvidó su teléfono en casa y no importa que estén a millas de distancia y nos obliguen a regresar por él? Hay que aprovecharla, sí, pero de ahí a que llegue a dominar nuestro transcurrir es no sólo preocupante, sino molesto; ¿por qué?, porque en el restaurante que comentábamos al principio había quedado de verme con un amigo para platicar, pero no pudimos decir nada porque se la pasó contestando y haciendo llamadas (con levantada de dedito indicando “un momentito, perdón”), lo cual me dio tiempo de observar este entorno, además de pedirle un último favor: “cuando quieras platicar conmigo, con todo gusto lo hacemos, pero no traigas tu teléfono… nos vemos”.
Cualquier comentario o vituperio lo pueden “imeilar” a: arhg68@gmail.com, prometo responder a todo smartphone que se tome el tiempo de hacerlo.