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El rescate de los mineros chilenos fue apoteósico; un final feliz para una situación angustiante de poco más de dos meses, pero no hay que perder de vista que para un “happy ending” estilo Hollywood se necesita que todos los detalles estén perfectamente planeados: una historia, un cuidadoso desarrollo y un electrizante desenlace; y así lo hicieron todos los que participaron en el rescate, seguido por millones de personas, a quienes se nos ponía la carne de gallina al ver a cada uno de los 33 trabajadores volver a la superficie y la explosión emotiva de sus familiares… bueno, Yonni Barrios no estaba muy entusiasmado de salir porque lo esperaba un doble problema sentimental en la superficie, pero eso le dio un toque más de suspenso a la escena. Sabemos que es política, pero la figura de Sebastián Piñera y su esposa al pie del cañón desde el inicio hasta el final marcaron puntos positivos para resaltar la importancia de la tarea que se estaba llevando a cabo, sin séquito que le diera un “tour” por la zona de desastre y sin discursos vanos de “estaremos pendientes de todo lo que ocurra y voy a instruir al secretario, gobernador, etcétera para que no se escatimen los recursos para cumplir con el objetivo”… e irse a sus oficinas a atender asuntos trascendentales de gobierno. Muchos han querido comparar lo ocurrido en la mina San José (la mayor operación de salvamento subterráneo de la historia) con la tragedia de Pasta de Conchos en México en 2006; sin embargo, debemos poner en contexto las cosas, en la que la fortuna jugó un papel estelar: los mineros de San José (de extracción de oro) se encontraban en el sitio de resguardo cuando ocurrió el derrumbe y, por ende, tuvieron una gran oportunidad de salvar la vida, aunque quedaba la titánica tarea de hacer saber a la gente de la superficie que estaban vivos. Lo ocurrido en Coahuila fue una explosión –no derrumbe– que tomó fuera de lugar a 65 mineros, pero no desprevenidos, ya que con anterioridad los trabajadores ya habían avisado de una concentración excesiva de gas metano. Asimismo, los mineros no contaban con días o meses para ser rescatados, sino horas. El hecho es que ambos casos no se pueden comparar, salvo por un grandísimo detalle: los mineros del mundo (no sólo de México y Chile) ya se cansaron de denunciar las pésimas condiciones de seguridad en las que trabajan y en las que todos los días arriesgan las vidas, y sólo se les voltea a ver cuando ocurren estas terribles consecuencias; no siempre se puede tener un final como el de Chile. Esto iba a ser el prólogo para hablar de la designación de José Manuel de la Torre como flamante entrenador de la Selección Mexicana –ya que hablábamos de rescates casi imposibles–; sin embargo, creo que vale la pena dejarlo pasar para mejor ocasión y terminar por destacar la impresionante determinación de los chilenos y su gobierno por rescatar lo más valioso de una mina de oro: su gente. Mis respetos señores: ¡Chi-Chi-Chi! ¡le-le-le! ¡Los mi-ne-ros-de-Chi-le! Cualquier comentario o vituperio lo pueden “imeilar” a: arhg68@gmail.com; prometo responder a todo rescatista que se tome el tiempo de hacerlo.
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