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Por Andrés R. Helguera A todos nos gusta la fiesta, el argüende, nos apuntamos en la lista o de plano nos colamos hasta la cocina para armar el ambiente. Si el relajo no nos llama, entonces somos una bola de inadaptados con incapacidad de “hacer grupo”. La tan traída y llevada fiesta regiomontana del Tri y su castigo ejemplar aún no está en su fin de temporada y, en cambio, la trama se vuelve cada vez más absurda. Los que salieron a festejar a los verdes alegres fueron Cuauhtémoc Blanco y Rafael Márquez, haciéndole fuchi al director de Selecciones Nacionales, Néstor De la Torre. Por supuesto que el “Cuau” tenía que salir en defensa de la fiesta y el desorden, ya que tiene vasta y arraigada experiencia en ello. Por su parte, Rafa alega que ya había acabado la concentración y que estaban en completa libertad de hacer el baile del calzón volador. Salvo por la Inquisición, nadie más vería mal que después de un partido los jugadores pasaran un buen rato de ocio, igual que hacemos todos tras nuestro partido semanal en nuestro llano o liga local; sin embargo, la defensa que hacen los jugadores no es por el castigo, sino porque los ventilaron (“encueraron” diría Márquez) y pusieron en peligro su matrimonio, noviazgo o lo que cada quien practique. Una vez más es la forma, no el fondo. Sabemos que el sentido común es un gen en peligro de extinción en la mayoría de los futbolistas; si no quieres poner en riesgo tu matrimonio, entonces no engañes a tu pareja; así de simple, y que no vengan con que ya se habían roto filas. Pongámoslo así: La escuela a la que asisten mis hijos los lleva a una obra de teatro, por lo que pagamos una cuota para el transporte. Justo después de la obra, resulta que los chamacos deciden hacer una fiesta antes de regresar y arman tal escándalo que les piden a las maestras no decir nada (que los encueren –insisto-, diría Márquez) a los papás. ¿No sería mejor que una vez que hayan regresado organizaran su pachanga? ¡Ah!, pero entonces tendrían que portarse bien y, peor, algunos tendrían que ir acompañados por su hermanito/a y así uno no se puede divertir. El propio Márquez incitó cual cura Hidalgo a comenzar un movimiento contra el mal federativo… - ¡Viva la Guadalupana! (la cantina, que conste)- para que los jugadores no acudan a los siguientes llamados al Tri mientras esté Néstor “El Calleja” De la Torre. ¡Cálmense! Vestir la casaca de cualquier selección nacional es un orgullo, no una obligación; no es una plaza del Sindicato de Maestros de la que puedan disponer cuando les venga en gana. La producción de jugadores de calidad en México es tan paupérrima como la de diputados y senadores que les acompañan y por lo mismo creen los pocos menos malos que con eso asustan al público. Es simple: si con ellos no se pudo hacer un equipo de mediana calidad, entonces no importa poner a otros. El problema es que se ha puesto tan barata la playera nacional, que hasta yo estoy esperando la convocatoria al Tri (porque metí tres goles el fin de semana pasado con mis heroicos Aguacates de Tezontle, de la Liga de Fantasía de Internet); sin embargo, como los federativos no son brillantes, pero tampoco mensos, no son capaces de tomarles la palabra y no volverlos a convocar, porque, ¿cómo van a dejar sin hacer sándwiches a Memo Ochoa? Tiranos convenencieros y esclavos mimados, ni a quién irle, de veras. Por mientras, que siga la fiesta… ¡eh, eh, eh! Cualquier comentario o vituperio lo pueden “imeilar” a: arhg68@gmail.com; prometo responder a todo fiestero que se tome el tiempo de hacerlo.
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