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De Muertos y Quemados

De Muertos y Quemados

Andrés Helguera
De mi Ronco Pecho

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Antes de comenzar, quiero enviar el siguiente mensaje a Doña Muerte: ¡Ya párale! Llegará el momento en que todos cambiemos la guitarra por el arpa, eso que ni qué; y cualquier muerte (o casi todas) duele hasta el tuétano; sin embargo, cinco decesos en este año han roto mis esquemas literarios: José Saramago, Carlos Monsiváis, Tomás Eloy Martínez, Gabriel Vargas y, recientemente, Germán Dehesa.
Nada mensa, la Muerte se lleva lo mejor de nuestro repertorio humano y nos deja con una sobrepoblación de “buenosparanada”, con los que bien podríamos solicitar trueque (tengo una lista vastísima) e intercambiar como estampitas: “Mira huesuda, te doy un millón de Pinochets por un Saramago”. Sí, sé que Pinochet ya está donde debe estar (no me pregunten dónde), pero si pongo uno vivito, después se enmuinan y me declaran culpable de ideas amenazantes.
El caso es que se nota que la Anorexia in Extremis anda en su fase literaria y no vaya a ser que se le ocurra llamar a un sexto pasajero; por algo dicen que la lectura es adictiva.
Fernando Vallejo, al presentar su libro “El don de la vida”, dijo: “Si (Juan) Rulfo puso a hablar a los muertos, yo quiero ir más allá: escribir un libro estando muerto”. Estoy de acuerdo con la primera parte de la frase; de la segunda… como que aún no tengo ganas. ¿No sería interesante poner a la Muerte en el banquillo y conocer su metodología de selección? y, sobre todo, ¿dejar que el indiciado y correligionarios tuviéramos oportunidad de defender su caso? o, por lo menos, ¿que nos dejara una que otra velada de tertulia con los que sí vamos a extrañar? En fin, como dirían los resignados: qué le vamos a hacer, cuyo significado podría variar de acuerdo con el contexto; no es lo mismo llegar a la peluquería y que nos pregunten “¿qué le vamos a hacer?”, a que nos hagan el mismo cuestionamiento a diez minutos de colgar los tenis; quizá la respuesta sería: “bien cremadito, por favor”.
Hablando de muertos, quemados y hasta resucitados, en la semana hubo algunos partidos (bueno, hubo un titipuchal) que nos llamaron la atención porque confirmaron ciertos dejos de “sospechosismo”: México enfrentó a Ecuador y a Colombia, y Argentina a España.
De los partidos de México, se ratificó (palabra tan futbolera ad-hoc) que no jugó mejor el Mundial de Sudáfrica no porque no quisiera, sino porque en realidad no
puede. Ecuatorianos (que jugaron bastante bien y hay esperanza de recuperar el paso perdido) y colombianos desnudaron de pi a pa al Tri, un equipo que parece ya tener una identidad de juego: lento, horizontal y mediocre; y ahora el objeto de odio ya no son ni el Guille Franco o el Bofo Bautista; ahora el farol de los abucheos lo carga Carlos Vela, un chamaco que equivoca todas y le gana la risa.
No es que la Selección de México esté en crisis (¿en dónde hemos escuchado esto?); es su triste realidad; y después se preguntan por qué el estadio “OmniGeorge” tuvo una entrada para llorar.
En otro frente, aun sabiendo que pudiera haber sido engañoso el resultado de 4-1, Argentina pasó por encima del campeón mundial.
El prestigio de España puede estar dolido, pero está a salvo; sin embargo, nos hace pensar lo que en su momento, durante el Mundial, dijimos del cuadro albiceleste: con un verdadero director técnico hubieran llegado mucho más lejos; tal vez hubieran perdido de manera cerrada con España, pero no hubieran sido masacrados por los alemanes. Si se fijan, el cuadro que se presentó en el Monumental de River es casi el mismo del Mundial, pero con orden, con idea, sabiendo todos qué hacer; y eso que están con un director técnico interino.
Como conclusión, Argentina regresará a los altos podios porque sí puede y tiene con qué, pero el panorama de México es tan lluvioso y desolador como en Tabasco: no hay por dónde ni con qué.
Por mientras, en lo que llega la próxima semana, me voy a sentar a hablar con los muertos; a ver qué me dicen Saramago y el buen Germán.

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