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Inicia septiembre y no sé ustedes, pero la sensación de que el año ya comienza a meter cuarta para llegar a la meta es inminente, con que también el ámbito deportivo vive su mejor etapa. Septiembre huele a NFL, a US Open, a la recta final de la MLB y el inicio de las ligas europeas de futbol; el ayuno estuvo duro y como que no había mucho de qué hablar sino de chismes de lavadero y atender las portadas de las revistas sentimentales en busca de una “noticia” jajajaja… (perdón, no me pude aguantar la risa) que supliera la falta de actividad deportiva. Lo más curioso es que los escándalos de figuras del deporte están a la par de lo que puedan hacer Lady Gaga y Lindsay Lohan juntas: arrestos por aquí, violencia por allá, tiroteos por más acullá y paternidades dudosas por más entrecullá. Anteriormente, el deportista era el ejemplo a seguir, el dios que había bajado del Olimpo (o por lo menos del Cerro del Chiquihuite) para darnos clases de honestidad, actitud cívica y valores de competencia; pues bien, parece que tras pasarse tantos años aquí en la Tierra dando muestras de virtud, ya se les pegó lo tramposo, violento y mentiroso de la esencia del ser humano. No hay día en que no salga a la luz que un futbolista, basquetbolista, beisbolista o cualquier “ista” que se le ocurra fue poseído por sus demonios internos y le hicieran hacer lo que hizo… sin querer. Ya no importa si los Lakers le pegaron un baile a los Celtics, o que Rafael Nadal derrotó a todos; no, los titulares abarcan que Roger Clemens sigue haciéndose el inquilino del hospital psiquíatrico y negando haber consumido esteroides (lo que pasa es que no le han especificado qué cantidad), que el receptor de los Gigantes de Nueva York, Plaxico Burres (ni mandado a hacer el apellido) no consiguió su libertad condicional y seguirá metido en el tambo, no por peligroso, sino por baboso (recordemos que el angelito se disparó a sí mismo un balazo en la pierna en un antro); Tiger Woods ya tiene su línea directa en la sección de denuncias debido al gran éxito de demandas sentimentales y, para colmo, ya no logra meter la pelotita en el hoyo. La lista es como la idiotez de los diputados: interminable; y cada quien tendrá su anécdota favorita; sin embargo, es ya preocupante cómo se han desvirtuado las cualidades de los deportistas, gracias en parte a que las noticias corren como reguero de polvorín, pero también a las inmensas cantidades de billetes que caen a sus bolsas y que no saben qué hacer con ellas. También se podría pensar en la falta de instrucción educativa, pero para nuestro asombro (sí, sí, así: ¡Ohhh!) se realizó un estudio para saber si el creciente índice de criminalidad de los deportistas se debía a la no educación, recolectando los datos académicos de los encarcelados, enjuiciados y problemáticos de la época, y el resultado fue que el porcentaje entre el virtual cuasi analfabetismo y el honoris causa no tuvo diferencias; en conclusión: educados están, pero malcriados se volvieron. En algunas federaciones deportivas, los castigos no sólo son ejemplares, sino hasta inquisitorios, vetándolos de por vida o de menos cuatro años en la isla solitaria (lo cual, para un deportista es el sepulcro en vida), pero en otros les quitan media hora de sueldo y… “sígale compadre, que todavía no acaba la fiesta”. Al fin y al cabo, después aparecerán frente a la tele con cara de compungidos y con la declaración histórica y bicentenaria: “Lo siento, estoy muy apenado o apenada; no sabía lo que hacía, fui un loco o loca, y estoy dispuesto o dispuesta (¡ah, qué lata con esto del género!) a enfrentar las consecuencias”… y a llorar se ha dicho, pero no se confundan, no sueltan las de cocodrilo porque estén arrepentidos, sino porque ven cómo la jauría publicitaria emprende la estampida hacia otro virtuoso… hasta que se le acabe el gas o los esteroides. En fin, es septiembre y ya todo esto será pecata minuta y sólo parte de la tradicional temporada de medio año.
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