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Estamos a pocas semanas de llegar a la tan anhelada cita del kickoff; ya finalizó la cuarta temporada del reallity “Favre In & Out”, cada semana vemos más y más jugadores titulares en mayores lapsos de los partidos; las botanas están listas, así como los permisos para faltar los domingos a cualquier evento ajeno a la NFL y, lo mejor, todos los equipos están por ahora invictos y con la misma esperanza (aunque sea platónica) de llegar al Superbowl. Con este frotamiento de manos, también nos vienen a la mente las altas expectativas (como su salario) de los distintos novatos; habrá algunos que justificarán el tremendo desembolso; habrá otros que sólo significarán el tremendo desembolso. Como en cualquier deporte, los grandes prospectos generan la misma satisfacción de haber apostado bien al futuro, por incierto que parezca; sin embargo, hay cosas que no terminan por cuadrar: parece que los dueños creen más en la bolita de cristal que en la probada capacidad de sus veteranos. Las cifras para contratar una primera selección en el draft llegan a niveles de escándalo (el mismo que armaríamos si nos hubiéramos ganado la lotería), y la mayoría de las veces terminan en un petardo talla King Kong. Es realmente increíble ver la cantidad de ceros en los cheques sólo por plasmar su firma en el contrato y los famosos “millones garantizados”, como si fueran palomitas de maíz, por alguien que no ha mostrado su valía para el equipo que lo contrata. Podemos decir que igual se hace en cada ramo de la vida profesional, pero esos “ceros” son mucha marmaja para un puesto que requiere una habilidad atlética. Hay garbanzos de a libra, como Try Aikman (primera selección del draft de 1989), John Elway (1983), Bruce Smith (1985) o Peyton Manning (1998); sin embargo, son los menos. Es triste ver cómo los Raiders –ya se los habían advertido, pero el señor Davis es el amo de la necedad– seleccionaron a JaMarcus Russell, quarterback de LSU y a quien le dieron 61 milloncitos por estampar su firma en el contrato y garantizarle otros 32 millones. Tres años después, Mr. Russell ya no tiene chamba porque resultó más malo que la malaria, pero eso sí, con una cuenta bancaria que envidiaríamos todos, salvo los senadores y diputados, otra raza que cobra una millonada por no hacer nada. En cambio, vemos el caso inédito de que Tom Brady, múltiple MVP, ganador de tres Superbowls y artífice de la dinastía Patriot, ande buscando un aumentillo de sueldo más que justificado. Esa es una mala manía que ha acortado la carrera de miles de jugadores veteranos en el equipo, ya que con esos desembolsos millonarios, y a la limón, pues la oficina administrativa les avisa que ya no le alcanza para pagar su cheque porque viene el “salvador” del equipo. Estos veteranos (que hablamos de jugadores de seis, siete temporadas) comienzan a vagar hasta encontrar el equipo que tenga un huequito. La solución no es tan difícil. Bastaría con que los 32 dueños de equipo se pusieran de acuerdo para dar esas millonadas sólo ante los resultados esperados por cada escuadra; además de ahorrarse una gran lana, no andarían dando palos de ciego y reestructurándose cada dos o tres temporadas. Cualquier coincidencia con otra liga deportiva, no es mera coincidencia; y nos asalta otra duda: ¿qué pasa con la mayoría de estos jugadores que reciben la lotería en vida y que resultan ser todo un fiasco? ¿No saben qué hacer con tantos billetes y por eso organizan peleas de perros? Sí, Vick, no es la Virgen la que te habla.
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