Por Pastor Ana Sweet
Quizá este artículo llamó tu atención porque pensaste en la persona a la que se lo vas a recomendar. De inmediato te vino a la mente aquel conocido que nunca deja de hablar, siempre presume su conocimiento, cree que todo lo sabe y acostumbra levantarse el cuello por todo. Nunca le da el crédito a nadie, mucho menos a Dios. El cree que es el autor de su éxito y de sus logros. No busca dar su conocimiento a quienes lo necesitan, busca hacer alarde de su conocimiento deseando ser el único en la “cima”. Cree que el propósito de toda audiencia es tener el micrófono a la mano sea durante la cena o durante una reunión familiar para recibir aplausos por su grandeza. Mi querido lector, ¿quién se atreverá a decirle al desafortunado que nadie disfruta oír su letanía y que su ceguera lo convierte en un ser insoportable?
La soberbia y el éxito no se llevan bien. Quizá todos se enfrentan con la tentación de que se “les suba” en camino al éxito, pero te aseguro que quien cae en esa trampa jamás tendrá el éxito que desea. Le espera una profunda soledad, una gran insatisfacción y una necesidad extrema de demostrar “lo que es” en cada oportunidad. La soberbia aleja toda relación genuina y sólo deja espacio para las relaciones superficiales. Sólo estará rodeado de aquellos que mantienen la relación por algún interés, pero en el fondo de su ser sólo están tolerando al soberbio. ¿Qué diferencia hay con aquellos que no caen en esa trampa?
La humildad es lo opuesto a la soberbia. Mi querido lector, la humildad es el atributo más precioso de aquel que es exitoso. La humildad protege el corazón de las alturas. Es como el traje de astronauta; mientras lo tengas puesto puedes llegar a la Luna sin peligro. El que es humilde siempre les da el crédito a los demás. El humilde nunca olvida la participación de esas personas en su vida que le ayudaron, le enseñaron y los ve como los héroes. Esos héroes siempre están en su mente y su deseo es ser un héroe también. Quiere ser exitoso para llevar a otros a la cima con él. Quiere ser exitoso para tener los recursos suficientes para ser generosamente agradecido. No necesita hacer alarde de quién es y tampoco de lo que sabe. El se considera un
alumno de tiempo completo y cada día reconoce su ignorancia moviéndolo a aprender de otros sin cesar.
Mi querido lector, la diferencia principal del soberbio y el humilde es que el soberbio olvida la ignorancia que tiene y el humilde decide recordar su ignorancia todos los días y su pasión es salir de ella. El reconocer tu ignorancia te mueve a valorar a todos como fuentes de conocimiento. Los aplausos de la gente pueden llenar tu ego momentáneamente, pero si escuchas sus experiencias y aprendes de sus fracasos te llenarán de sabiduría sin tener que pasar por los sufrimientos que ellos vivieron. El soberbio está ciego; no ve lo mucho que se le puede enseñar si tan sólo se calla y deja a otros hablar. A la larga, mi querido lector, siempre verás el mismo resultado. El humilde es feliz y disfruta su éxito con todos los que le rodean, mientras que el soberbio se hunde en su propia “pesca milagrosa”. No tendrá a nadie a su lado para compartir sus logros y eso siempre terminará hundiéndolo. Recuerda esto: la abundancia es para repartirla y si no la repartes te hundirás con ella.
La Biblia dice que Dios resiste a los soberbios y da gracia a los humildes. Dios no quiere tener nada que ver con el que piensa que es autosuficiente, egocéntrico y sabelotodo. Dios da gracia o, en otras palabras, El da su influencia sobrenatural al humilde porque el humilde quiere aprender lo que el soberbio cree que ya sabe. El humilde atrae a Dios con sus preguntas, con su deseo de incrementar su sabiduría y pone una sonrisa en Su rostro porque siempre que le preguntan sobre sus logros en su boca está la frase: “todo es gracias a Dios”.
Mi querido lector, la cura contra la soberbia es nunca olvidar tu ignorancia. Despertar todos los días viendo tus carencias y tu gran necesidad por aprender de otros y ver cada audiencia o cada libro como la oportunidad de salir de la ignorancia poco a poco. Verás a los demás como un poco de sabiduría envuelta que puedes descubrir en cuanto te relaciones con esa persona. El soberbio pide aplausos, mientras que el humilde aplaude a otros por rescatarlo de su ignorancia. ¿Tú qué estás haciendo? ¿Estás aplaudiendo o buscando al que te aplauda? ¡Al buen entendedor pocas palabras!