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Este concepto cada quien lo trata a su manera. Aman a Dios pero no escuchan Su Palabra. Otros dicen que están muy cerca de Dios pero jamás asisten a la Iglesia. Otros dicen que aman a Dios por la cantidad de dinero que dan en las ofrendas. También dicen que aman a Dios porque levantan sus manos y le alaban. ¿Pero eso es amar a Dios? Mi querido lector, si tú eres uno de los que acabo de mencionar, quizá ya estés incómodo. Pero te suplico me tengas paciencia. O quizá tú ni siquiera amas a Dios, pero te intriga el tema porque conoces a algunos que dicen que lo aman pero su conducta te tiene confundido. Sea como sea, te animo a que leas con calma y saques tus propias conclusiones. Amar a Dios te mueve a dar, amar a Dios te mueve a alabarle, a escuchar Su palabra y a buscarlo de todo corazón. Estas son expresiones preciosas que son consecuencia de ese amor. Mi punto es que amar a Dios es más que eso. Existen individuos que dan ofrendas, alaban, cantan, cargan una Biblia, pero hacen daño. Corren con los que hacen el mal. En la toma de decisiones del diario vivir no se nota su amor a Dios. Parece que tienen dos vidas. Dentro de la Iglesia les nace manifestar ese amor pero fuera de la Iglesia es otra cosa. ¡Eso no está bien! Quien soportaría un esposo que dentro de tu casa es puro amor, te llena de caricias, te llena de regalos; el romanticismo es el ambiente y los halagos el pan de cada día. Sólo que al salir de casa va en busca de otras mujeres y cambia su conducta totalmente haciéndote daño en cada conversación, en cada acción. ¿Quién quiere un esposo así? Quien soportaría una esposa que dentro de su casa es la amabilidad andando, habla con suavidad y su boca destila miel. Es apasionada, respetuosa, sonriente y muy dulce. Sólo que al salir de casa el esposo se encuentra con sus amigos y se burlan de él porque dicen “¡Cómo es posible que estés casado con esa lengua de víbora! Es veneno andando. Además, habla mal de ti y en su conducta te falta al respeto todo el tiempo”. ¡Uuuuf! ya me salí del tema. No estoy hablando del matrimonio pero sí estoy hablando de una doble vida. Y lo mismo hacemos cuando dentro de la casa de Dios somos una cosa pero en nuestras actitudes, en nuestro trato con el prójimo, en nuestros planes, en nuestras conversaciones, en nuestras decisiones, somos personajes muy diferentes. El sacrificio de alabanza, el sacrificio de ofrendas, el venir a Su presencia es muy valioso para Dios,pero lo más valioso para El, más que todo sacrificio, es la obediencia. Mi querido lector, ¡préstame mucha atención! Amar a Dios es aborrecer el mal. No puedes amar a Dios si amas el mal también. Y no me refiero a que odies el mal que otros hacen. Me refiero a que aborrezcas el mal que hay dentro de ti. Amar a Dios es aborrecer el mal. Dios es precioso y no nos pide que cambiemos nuestra conducta. El es el que hace todos los cambios. Pero el principio de cualquier cambio es que aborrezcas el presente. Si no aborreces tu maldad nunca verás la bondad actuar dentro de ti. Si no aborreces la carencia nunca verás la prosperidad en ti. Si no aborreces tu lengua de víbora, nunca hablarás correctamente. Si no aborreces lo que eres hoy, nunca llegarás a ser diferente. Me da tristeza ver que el Cristiano no aborrezca la maldad pero en sus placas del carro, en sus playeras, en sus paredes, anuncia que ama a Dios. ¡Anuncia que lo amas aborreciendo la maldad! La Biblia dice que hay siete cosas que Dios detesta. Dios aborrece los ojos llenos de orgullo y vanidad que miran a otros con desdén. Dios aborrece la lengua mentirosa. Dios aborrece las manos que hacen daño al prójimo. Dios aborrece el corazón que hace planes en contra de otros y detesta que con sus pies corre para llevar a cabo sus planes. Dios aborrece al falso testigo que dice mentiras contra alguien. Dios aborrece al chismoso que causa problemas entre otros. No es novedad que Dios aborrezca todo esto, pero ¿cuando vamos a aborrecer lo que Dios aborrece? ¡Eso es amar a Dios! De las siete cosas que Dios aborrece, tres de ellas tienen que ver directamente con la lengua. Me da mucha pena que la Iglesia se sonroja cuando ve a una prostituta entrar. Se tapa los ojos cuando ve a un homosexual venir. Hace caras cuando ve que un borracho entró. Pero no le molesta su mentira, no le sonroja su chisme, no le avergüenza su lengua venenosa. ¡Dios nos ayude a amarlo de verdad! Mi querido lector, quiero darte un consejo. Cuídate de los que dicen que son Cristianos pero no aborrecen el mal. En realidad ellos no son Cristianos todavía. Y si tú eres uno de esos, cuídate de ti mismo. Si tan sólo nos diera vergüenza nuestra conducta hoy, quizá mañana veríamos un milagro en nosotros mismos.
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