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La Pelea Perfecta

La Pelea Perfecta

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Por Pastor Ana Sweet
Quizá preferimos no tocar este tema porque el ideal sería que no tuviéramos que pelear nunca. Pero esa no es la realidad, sería un sueño donde somos dos personas que realmente no se conocen, realmente no platican de sus inquietudes y sus desacuerdos, realmente no conviven porque cuando están juntos sólo piensan en lo que quieren decir pero nunca lo dirán porque “no quieren pelear”. En ese mundo, la relación nunca es genuina y nunca durará. No se trata de evitar las discusiones; se trata de aprender a pelear.
Podemos enfrentar diferentes temores como el temor de la confrontación. Prefiero estar de acuerdo, aunque silenciosamente sufro. Prefiero adaptarme aunque mi lealtad para contigo no sea real, porque en el fondo nunca pensaremos igual. Prefiero evitar argumentos aunque eso signifique nunca defender lo que pienso, mis principios y creencias y que camines conmigo “aparentemente” porque en realidad no sabes quién soy. ¿Será esa una relación?
En mi opinión, la guerra se justifica cuando la paz es la finalidad. Pero no terminan ahí las cosas. En la guerra a la que me refiero, los dos ganamos. Por eso es una guerra perfecta.
Si tratáramos la pelea como un juego, entonces primero establecemos las reglas del juego para no “hacer trampa”. Si la pelea es una ceremonia, entonces seguiremos los protocolos adecuados, estudiaremos los pros y los contras, la caballerosidad será la norma y proteger el honor de ambos será la prioridad. Si la pelea es en una mesa de negociación, entonces nos aseguraremos de que las partes aporten lo que les corresponde y no surjan injusticias para ninguno. Creo que uno de los problemas al pelear es que no definimos lo que estamos haciendo. Entones el primer punto es: ¿Qué es pelear y cuál es el objetivo de la pelea?
Mi querido lector, confío en tu inteligencia y asumo que no te gusta perder el tiempo, ni te gusta motivar la improductividad. Que si vas a pelear es porque tienes objetivos, tienes un plan, buscas resultados, hay una inconformidad genuina y tus argumentos tienen un orden que promueve la solución. Asumo que no eres un gato callejero ni un perro rabioso, que sólo usa la pelea para desahogar sus vísceras y lo ve como una manera de herir y dañar sin medir las pérdidas que eso le ocasiona. Mi querido lector, asumo que ves lo valioso y la gran necesidad de pelear y
hacerlo bien.
Eso nos hace falta. En nuestras relaciones, hacen falta la oportunidad y el espacio para expresar lo que sentimos en lo profundo del ser sin perder la compostura ni el respeto. No sólo hablar sino realmente comunicarnos. La comunicación es un arte que casi nadie sabe practicar. No hables porque tienes boca, habla porque tienes algo que decir. No hables porque quieres desahogarte, habla porque quieres que te entiendan lo que dices. Y si no te entienden, no llames “tonto” a tu escucha, más bien debes saber que tu técnica de comunicación no funciona.
Para comunicarte, primero debes escuchar. En el arte de la comunicación, primero debes escuchar mucho. Y cuando termines de escuchar haz preguntas para asegurarte de que entiendes lo que escuchas. Y cuando estés seguro de haber entendido lo que escuchas, entonces necesitas escuchar un rato más. El hablar es un arte. Y el arte de hablar es saber escuchar.
Después de escuchar debes considerar los sentimientos de quien escuchaste. Y ver la situación desde su punto de vista primero. Si no sabes hacer eso, no sabes relacionarte y mejor ríndete porque tu egoísmo te ha condenado a la soledad. Si logras ver la situación desde su punto de vista, comprenderás todo; si no lo logras, nunca entenderás nada.
Para comprender no necesitas entender, no necesitas muchas explicaciones lógicas. Simplemente al ponerte en los zapatos de la otra persona, en el fondo de tu ser fluye una comprensión porque oíste más que lo que las palabras dijeron. Pudiste oír el latir del corazón, y ver más allá de lo que tus ojos te permiten. Si puedes comprender, estás llegando a un punto en la relación donde en realidad puedes aportar algo valioso.
Después de escuchar mucho viene tu oportunidad de hablar. Viene tu oportunidad de exponer. Ahora lo podrás hacer mejor porque ya comprendes. Ya no estás a la defensiva. Permites que tus palabras se empapen de tu comprensión por sus sentimientos y, mi querido lector, eso sólo causará que los oídos de la otra persona se abran para oírte. No quieres defenderte, quieres llegar a una solución. Quieres hacer lo posible por traer un beneficio a la otra persona. La ausencia del egoísmo es la clave para tener una pelea perfecta.
Ahora que vas a exponer tus puntos de vista, tienes una meta al frente. Tu meta es ganar. Pero tu meta es que la otra persona gane también.
En la pelea perfecta, no se busca tu propio bien sino el beneficio mutuo. La pelea puede terminar cuando ese punto se descubrió. Si logran llegar ahí, han triunfado. Si no logran ganar los dos, entonces deben de tomarse tiempo y volverse a reunir. Pero si no ganan los dos, esta pelea no se ha terminado.
No dejes que las relaciones terminen. No dejes que los puentes se rompan. No permitas que se cierren las puertas. El propósito correcto de una pelea es fortalecer la relación y no debilitarla. La meta de la pelea es que ambos ganen, y nadie quede herido. Una relación feliz no es una relación carente de desacuerdos, sino experta en resolverlos. ¡Pelea inteligentemente y siempre ganarás! ¡Pelea buscando que el otro gane y siempre triunfarás!

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