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Amor a los Hijos

Amor a los Hijos

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Como padres debemos meditar en lo que la Biblia dice acerca de amar a los hijos. Y quisiera que me permitas el honor de darte algunos puntos que como Pastor he aprendido al observar a las familias, lo que mi propia madre me inculcó y lo que ahora veo que me funciona con mis tres pequeños.
Con todas estas experiencias en las que las familias me permiten participar, y a veces sólo observar de lejos, creo que tengo una idea de lo que funciona y lo que no funciona en el trato con los hijos. Pero, sobre todo, en lo que más deseo poner énfasis es en lo que Dios dice respecto a este tema en Su Palabra.
Si tú eres padre o madre te animo y te considero. El papel no es nada fácil. Y siempre decimos que los pequeños no nacieron con un manual para poder atenderlos correctamente. Pero creo que en eso estamos equivocados. El creador de ellos, el dueño de esas vidas, el Dios verdadero, sí nos dejó un manual que constantemente ignoramos y ese manual es Su Palabra. Así que, mi querido lector, las soluciones a los problemas están ahí, listas para que las estudies y las apliques a tu propia mente y a tu propio corazón y luego lo enseñes a las generaciones debajo de ti.
La Biblia se debe estudiar primero, aplicarla a tu propia vida y, por último, enseñarla a las generaciones venideras. ¡Es en ese orden! No intentes usar la Biblia para sermonear a otros si primero no te la aplicas tú. Los niños son mucho más inteligentes de lo que pensamos, y las incongruencias jamás las aceptarán.
Por ejemplo, decirle a tus hijos apuntando a su carita con tu dedo: “¡No se debe decir mentiras, así que mucho cuidado con no decirme la verdad!”, pero por otro lado cuando suena el teléfono en casa y contesta tu hijo y te dice: “Mami, la llamada es para ti”, le contestas: “Dile que no estoy!”. Quizá este ejemplo es muy simple, pero sólo quiero insistir en que tus hijos aprenden de tus actos, no de tus sermones.
Los niños son “imitadores” por naturaleza. No oyen a veces, no ponen atención a tus instrucciones, parecen distraídos y con su mente en la Luna, pero si los observas cuidadosamente te darás cuenta de que hablan como tú, se expresan como tú, y actúan como tú. No oyen,
pero imitan. La mejor forma de enseñarles entonces es personificando la conducta que deseas ver en ellos. Conviértete en lo que quieres que ellos sean. Habla como quieres que ellos hablen. Ama como quieres que ellos amen. Y no pretendas corregirles algo que tu conducta les enseña. ¡Incongruencias no!
Un tema demasiado importante en la Biblia respecto a los hijos es la disciplina. Como padres, debemos pedir mucha sabiduría a Dios porque disciplinar a los hijos correctamente no es fácil y creo que todos nos equivocamos en esto. Preferimos que las maestras en la escuela lo hagan, que los abuelos tomen esa responsabilidad o que los maestros en la Iglesia ya nos los entreguen convertidos en angelitos, pero en la Biblia los únicos responsables de que la generación del mañana tenga temor de Dios y reciba la disciplina para vivir con los principios bíblicos son los padres.
La Biblia dice que si dices que amas a tus hijos pero no los corriges, entonces ese amor no existe. La corrección y el amor van de la mano. Y eso no significa que los puedes golpear, gritarles a tu antojo, insultarlos con palabras y llamarle a eso corrección. ¡No, mi querido lector! La corrección debe someterse a las reglas del amor. Sin amor la corrección puede ser bestial, y amor sin corrección es un amor tóxico que les hará mucho daño en su futuro. La corrección y el amor van juntos, y si deseas que tus hijos tengan un futuro sano, protegido, próspero, entonces debes ejercer ese amor con toda sabiduría.
Si los hijos no reciben corrección, la Biblia dice que su futuro estará lleno de pobreza y vergüenza. Pero quien recibe la corrección recibirá honra. Si aprovechas la niñez de tus hijos para instruir, para aconsejar, para corregir, entonces la Biblia te garantiza que de grandes, cuando ya no estés tú a su lado para indicarles cómo actuar, la instrucción que recibieron en su niñez será el mapa que les llevará a un destino seguro y próspero.
¡No los ignores! ¡No asumas nada! Su niñez es la tierra fértil para sembrar en ellos lo que deseas que sean de grandes. Si dejas pasar ese tiempo, en la juventud será casi imposible hacerlo. ¡Siembra en los niños! Háblales y demuéstrales con tu conducta lo que deseas que ellos enseñen a sus propios hijos cuando los tengan.
Mi mamá me enseñó que a los niños se les
debe respetar. Son personas en tamaño chiquito. Son los adultos del mañana. Y eso marcó mi vida. Mi mamá me respetaba. Un día llegué a su oficina y le pedí una cita a su secretaria (tenía como nueve años). La secretaria me dio la cita y esperé pacientemente para que me pasaran a su oficina. Mi mami me recibió con mucha seriedad y dejó de hacer todo lo que estaba haciendo para atenderme. De pronto entró la secretaria como si yo no existiera y se puso a darle un reporte a mi mamá. Mi mamá la paró en seco y le dijo: “¿Qué no ves que estoy ocupada con mi hija? ¡No me interrumpas!”. Eso marcó mi vida. El respeto a los niños es demasiado importante. No les quites la silla para que los adultos la tomen, no los interrumpas cuando hablan, no les aprietes sus cachetes y les sacudas su cabello al saludarles si a ellos no les gusta. Míralos a los ojos cuando les hables aun si eso significa que te agaches. ¡Respeto por favor!
Yo aprendí a corregir a mis hijos observando a uno de mis mentores. Mi pastor de jóvenes me dio un ejemplo que hasta ahora practico y me funciona. Cuando voy a corregir a mis hijos esto es lo que hago: Primero, me aseguro de que no esté muy enojada, porque no se trata de infundir miedo. Cuando estoy calmada, lo aparto a solas y le dijo que lo voy a corregir. Le explico la razón por la cual lo voy a hacer, siempre enseñándole un principio Bíblico. Después le pido que me diga lo que le acabo de decir para asegurarme de que me entendió (tengo uno de nueve, otro de seis y otra de dos añitos y obviamente cada caso se adapta a su edad). Le pido que se dé la vuelta y le doy sus tres nalgadas. Cuando termino, lo volteo, lo miro a los ojos y le recuerdo que la corrección es sólo porque lo amo con todo mi ser y no quiero que sea un necio de grande. Después lo abrazo y lo consuelo (en realidad me duele más a mí) y a veces lloro con él. Cuando ya está tranquilo y en paz, lo dejo seguir jugando.
No siempre lo hago bien, muchas veces fallo. Pero siempre le pido a Dios que me ayude porque es el futuro de ellos
el que está en juego.
Mi querido lector, si no sabes amar, mejor no disciplines porque vas a hacer daño. Y si dices que amas pero no sabes disciplinar, realmente no sabes amar. El amor es primero y la corrección debe ser parte del amor. ¿Cómo saber si lo estás haciendo mal? Mira cuidadosamente sus ojitos y si ves temor, dolor, enojo, o frustración, algo está muy mal. Vuelve al manual; ahí están las palabras que necesitas para ti primeramente, y para tus hijos. Que el amor de Dios llene tu corazón hoy y veas a tus pequeños con Sus ojos.

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