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El Peligro de “Dar”

El Peligro de “Dar”

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Por Pastor Ana Sweet
En una ocasión Jesús de Nazaret estaba enseñando y comenzó a dar una parábola. La parábola es una forma literaria de la cual se deriva una enseñanza relativa a un tema que no es explícito. Las parábolas tienen un clímax al que nos quiere llevar el autor para dar un “golpe parabólico”, en el que deja a sus oyentes anonadados.
La parábola a la que quiero referirme es la muy conocida acerca del hijo pródigo. Esta enseñanza contiene verdades tan importantes y Jesús de Nazaret la expuso magistralmente. Trata de un hombre muy rico que tiene dos hijos. El menor le dice: “Papá, dame la parte de la herencia que me corresponde”.
El hijo recibe su parte de la herencia y decide irse lejos, fuera de la autoridad de su padre, a malgastar todo el dinero donde no tiene que dar explicaciones a nadie. En algunas traducciones de la Biblia dice que se malgastó lujuriosamente.
Tiempo después llego el hambre a esa ciudad y él se quedó sin dinero por el derroche que hizo en su “aventura”. El hambre fue tal, que buscó trabajo y el único que encontró fue con un hombre que alimentaba puercos. Este joven llegó tan bajo que envidiaba a los puercos, pues a él no le daban nada. Hasta que un día “volvió en sí”.
En ese momento, el joven recapacitó y volvió a la casa de su padre. Y ahora ya no regresa para decir “dame”. Ahora ese joven, le dice “Padre hazme”. La diferencia entre “dame” y “hazme” es muy grande.
Mi querido lector, si tú eres un padre que “da” a sus hijos sin formarlos, prepararlos y enseñarles el valor del dinero, lo que les espera es una pocilga. Ese joven salió de su casa con el dinero de su padre pero sin la sabiduría de su padre. Y el dinero se agotó, el hambre llegó y se puso a trabajar alimentando cerdos.
Cuando quieres el bien de tus hijos, lo peor que puedes hacer es darles en lugar de formarlos. Cuando un joven dice “Padre hazme”, se deja moldear, se deja enseñar, deja que su padre le quite lo que estorba para su éxito. Obviamente ningún joven pide eso. Todos dicen “Dame”. Sólo que no tienes que esperar a que lleguen a la pocilga para hacerlos volver en sí. Puedes detener tu mano y hacer que tus hijos aprendan el valor
del dinero. ¿Tus hijos van hacia el éxito o hacia la pocilga? Recuerda que entre el “dame” y el “hazme” hay una pocilga en medio. ¡Podemos detener eso! No es necesario que lleguen tan lejos.
Te animo a que tomes la rienda de tu vida y de tu hogar con la sabiduría de Dios. No te dejes intimidar por tus jóvenes ni por sus amenazas. Ellos necesitan tu amor y la mayor muestra de amor que pueden recibir es la disciplina.
La Biblia dice que el que ama a su hijo le disciplina. La sabiduría y la disciplina les ayudarán a tomar las mejores decisiones con el dinero y con las oportunidades que lleguen a sus vidas. No empujes a tus hijos a una pocilga sólo por satisfacer sus caprichos. Puedes satisfacer un capricho o puedes garantizarles satisfacción a largo plazo. No llenes sus manos, llena su cerebro.
No les des privilegios sin antes enseñarles principios para ganarse esos privilegios. Un policía en este país una vez dijo: Los padres tienen la obligación de dar de comer, dar un techo (no las cuatro paredes, sólo el techo) y un cambio de ropa. ¡Lo demás, son lujos! Sin embargo, tus jóvenes te hacen pensar que no haces lo suficiente. Eso está mal.
Tú decides si tu hijo será un malagradecido o apreciará todo lo que llega a sus manos. Todo depende de que aprenda lo fácil o difícil que es para ti producir ese ingreso.
Si un día se queja de que el carro es incómodo y que te tardas mucho en trasladarlo a ciertos lugares, súbete al transporte público con él y verás qué rápido aprecia su carro. ¡Cuidado con ceder a esos berrinches! ¡Cuidado con ceder a las malas caras!
Actualízate, lee libros, edúcate como padre o como madre. Tienes que buscar ayuda, y no hay mejor ayuda que la que se encuentra en la Palabra de Dios. No tienen por qué salirse del control tus hijos y hundirte en el temor de lo que puede pasar con ellos. Hoy puedes darle un giro a tu situación si buscas a Dios y pones en práctica los principios de la Escritura. ¡No es demasiado tarde!

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