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Todo proyecto inicia con una conversación. Toda actividad humana, visión, futuro, éxito o tragedia tiene su fundamento en una conversación. Las palabras que expresamos juegan un papel preponderante. La manera de elegir tu destino es eligiendo tus palabras. La manera de revisar la brújula cuando estás perdido es revisando lo que has hablado, porque tus palabras te llevaron ahí. Debemos poner esencia en nuestras conversaciones y substancia en nuestras expresiones. El primer discurso en el Universo fue lo que creó el cielo y la tierra. Fueron las Palabras de Dios que se soltaron a una oscuridad y la dispersaron. Ese Dios que hablando creó el universo, también creó al hombre a Su imagen y semejanza y le puso una boca. Las palabras tienen un poder porque Dios les puso ese poder, y quiere que tomemos Sus Palabras y las pongamos en nuestra boca. Para nuestra desgracia, nuestra lengua es demasiado poderosa. Tiene el poder de dar vida o muerte. ¿Por qué es para desgracia nuestra? ¡Porque no la sabemos usar! Gramaticalmente hablando, la expresión de palabras usando la boca se llama discurso. El discurso es una de tantas formas de expresión. El mudo tiene que usar otras formas para expresar sus palabras. Pero si la boca nos funciona bien, entonces la comunicación que usamos, la más común, se llama discurso. Las palabras son los granos y el corazón es el granero. La lengua trae los granos del corazón para después soltarlos por la boca a una tierra donde nos estamos expresando y sembramos el grano que dará una cosecha. La cosecha será de acuerdo al género del grano. Por la boca sembramos vileza y por la boca sembramos bondad. La cosecha no la podemos elegir, sólo podemos elegir el grano antes de que la boca lo suelte. Y así como el discurso tiene reglas, el lenguaje también. Debemos ayudar a las generaciones que nos siguen a no envilecer el lenguaje, a usarlo apropiadamente porque sus palabras les dará acceso a la grandeza o serán sus palabras las que cortarán las alas cuando quieran volar. ¡Nuestros jóvenes no saben hablar! Usan el facebook y el chat expresándose de una manera que hace pedazos el lenguaje. Quisiera compartirte algunos errores en el discurso en los que caemos frecuentemente: 1.- No te robes el micrófono. ¿Has oído a alguien que no para de hablar? Parece que se roba el micrófono porque cuando empieza a hablar su voz es la única que se oye. El arte de hablar es saber escuchar. Alguien que habla demasiado no llega muy lejos. Una persona que no sabe escuchar no sabe hablar. ¿De qué habla? No sabemos de qué habla porque no permite que su corazón se llene de la sabiduría, del conocimiento, de los consejos y las experiencias de otros, porque se dedica a hablar y el corazón se llena cuando escucha y se vacía cuando habla. 2.- No interrumpas. Espera tu turno al hablar. Si eres sensible al discurso de alguien te darás cuenta de que lleva una ilación. No cambies el tema, no te salgas del tema y no opaques el discurso con una experiencia tuya. Por ejemplo, alguien dice: “No pude dormir”. Nunca digas “¡Uy, si supieras cuántas noches llevo sin dormir yo!” Eso es un asesinato de discurso. No opaques la conversación. No es momento de hablar de tu insomnio; es tiempo de respetar la emoción y la expresión de quien inició el discurso. 3.- Aprende a ser conciso e ir al punto en tus respuestas. Si alguien te dice “¿sabes dónde está mi libro?”, no contestes diciendo: “Pues el otro día que estaba en la cocina comiendo, porque no había comido en todo el día, me puse a pensar en ese libro y me dieron ganas de leerlo, pero entonces me dolió el estómago por lo que me comí y hasta las ganas de leer se me quitaron. Y pues no sé dónde está el libro”. ¡No contestes con rollos de información! Hay preguntas que requieren sólo un “sí” o un “no” como respuesta. Y si se te pide más información, entonces la das. Hay preguntas concisas que requieren respuestas concisas. Y aún cuando las preguntas son abiertas, debes ser sensible a no cambiar de tema, a no salirte por la tangente y ser consciente del tiempo de quien te escucha. El tiempo es oro y quien sabe cuánto vale su tiempo no lo pierde en conversaciones insulsas, llenas de vanalidades. Porque perder el tiempo es perder dinero. Y no valorar el tiempo es nunca tener dinero. Quien aprecia el tiempo, aprende a hablar. Nunca encontrarás a un millonario que no es preciso y conciso en sus conversaciones. ¡Jamás! Dios te dio 24 horas al día; tú decides qué producir con ellas. Y si quieres darle rienda suelta a tu lengua, te sugiero que lo hagas donde Dios no te oiga.
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