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¿Por qué me Tratan mal?

¿Por qué me Tratan mal?

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Buscamos la respuesta a esta pregunta estudiando a los seres que nos rodean, tratando de analizar por qué no encajamos en sus expectativas, por qué no damos el ancho en sus deseos, por qué no logramos satisfacer sus necesidades y, al final, qué estaremos haciendo para merecer que nos traten mal.
Tenemos un deseo muy grande por recibir la aceptación de otros a como dé lugar. Queremos que la sociedad nos aprecie, queremos que la pareja nos valore, queremos que todos nos quieran y a veces el precio que pagar para obtener ese aprecio es demasiado alto.
Vemos familias que pasan por un sufrimiento extremo para ser aceptados en un país. Arriesgan su seguridad, su matrimonio, y todo con la esperanza de que los acepten, los quieran, los reciban. Y es doloroso que a cambio se reciba un mal trato, no digno de un ser humano, que merece lo mejor. Pero seguimos con la pregunta: “Por qué me tratan mal?”.
Como seres humanos nos torcemos, tratando de encajar en los moldes que nos presentan. Esos moldes que se llaman “así quiero que seas”. Torcemos nuestro carácter, nuestras convicciones, torcemos hasta nuestra integridad con tal de encajar en los criterios de aquellos que desesperadamente anhelamos que nos acepten. Dios nos hizo derechos y muchos prefieren andar “chuecos” haciendo todo chueco, perdiendo nuestra identidad y adoptando otra, todo por encajar. ¿Cuándo parará esto? Será que Dios, quien ama la justicia y la verdad, estará de acuerdo?
Mi querido lector, la respuesta que te propongo a ¿Por qué nos tratan mal? es que sencillamente no nos damos a respetar. Nos vendemos por muy poco, nos dejamos pisotear con el tono de voz intimidante, nos dejamos empujar de un lado a otro. Y, si me permites, desde el punto de vista bíblico al único que debemos de agradar es a Dios. Eso no significa que entremos al extremo de decir “No me importa lo que diga la gente”. Siempre importa lo que diga la gente, pues la aprobación de la sociedad es importante, siempre y cuando no tuerza lo que Dios te ha llamado a ser.
Tratar de agradar a otros permitiendo malos tratos no es el plan de Dios para la vida del ser humano. El ser humano que tiene temor de Dios, que ama a Dios sobre todas las cosas, tiene como meta diaria agradar a Dios en todo lo que hace y amar al prójimo
con todo su ser en cada oportunidad.
Pero estamos en una sociedad en la que tratamos de encajar en las expectativas de otros aun a costa de salirnos del patrón bíblico, del carácter de un Cristiano, de ser lo que Dios nos ha llamado a ser.
Si estás tratando de encajar en una sociedad, en una relación, en una actividad o en un trabajo donde se requiere que hagas los principios bíblicos a un lado, donde se requiere que mientas, que finjas, que no seas integro, que te olvides de tus sueños, que te dejes aplastar como gusano, que ganes menos de lo que vales, que toleres palabras altisonantes, golpes y groserías, quiero anunciarte que perdiste el rumbo y no vas por buen camino.
Cuando los seguidores de Jesús de Nazaret entraban a una casa debían ver la reacción en esa casa hacia ellos. Si la casa les daba la bienvenida, entonces caía una paz a ese hogar. Pero si la casa no les recibía, entonces la paz no se posaba sobre esa casa. Al entrar a una ciudad, los seguidores de Jesús tenían la orden de observar la reacción de esa ciudad. Si les daban la bienvenida, entonces harían milagros en esa ciudad. Pero si la ciudad no les daba la bienvenida, entonces la orden era gritar en las plazas que se sacudirían el polvo de sus pies para no llevarse ni siquiera eso de esa ciudad, y el castigo de Dios hacia ella sería aún mayor que el de Sodoma y Gomorra.
¿Te das cuenta? No tenían que rogar que les dejaran entrar, ellos entendían el valor que poseían. Jamás debemos rebajarnos y perdernos el respeto. Sólo debemos ir a donde nos celebren y salirnos de donde no nos toleren. Si no somos tolerados nos convertimos en intolerables. Si somos celebrados es porque somos celebridades. Nunca Jesús dijo que te ganes el cariño, que tuerzas tu carácter, que te olvides de ti mismo y te coloques como tapete para que pisen sobre ti. ¡No! Si tú eres Cristiano, ten mucho cuidado porque tú debes darte a respetar. No vivas donde no te quieren, no te celebran y no te aprecian. Dios es quien debe aprobarte; debes amar Sus principios y Sus Palabras. Ama al prójimo y anda por este mundo haciendo el bien. Pero no te quedes con quien no quiera recibirte. Las ciudades obtienen un valor porque tú llegaste. Y
las ciudades pierden valor cuando no te reciben. El lugar no es el que te da valor a ti. Eres tú quien le da valor al lugar.
Observa las reacciones, los rostros, el tono de voz. Si tu ausencia no importa significa que tu presencia tampoco importa. ¿Para qué continuar torcidos? No esperes que la gente que no te aprecia te trate bien. Posiblemente eso nunca suceda. Primero debes darte a respetar, escoge las relaciones en tu vida y los lugares donde celebren con gran expresión lo que tú eres. Debes permanecer donde tus palabras valen, cuentan y no se olvidan. No todos te van a celebrar, porque no todos te merecen. No todos te van a celebrar, porque no todos valoran lo que eres. No pierdas el tiempo, la energía y el ánimo ahí. Tu perteneces a donde vales, donde eres memorable y celebrado.
Dios también quiere ser celebrado por ti. El también observa tus reacciones hacia El. El honor que le das a Su Palabra es el honor que le das a El. Dios sólo permanece en los hogares donde Sus Palabras son escuchadas y puestas en práctica. Dios merece honor de tu parte. Honra a Dios haciendo lo que El quiere. Sométete bajo Su mano poderosa y levanta tu rostro mientras caminas por el mundo, porque El te exaltará. Mi querido lector, no camines con el polvo en tus pies de esos lugares donde no te celebran. ¡Sacúdete y no te rindas hasta que estés donde te celebren!

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