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En muchas ocasiones he escuchado a la gente hablar de los niños problema. En las escuelas se la pasan en la dirección, sus amiguitos no los invitan a jugar porque sus padres les prohíben jugar con ellos, no tienen modales y parece que esos niños se despiertan a diario con toda la intención de causar problemas. ¿Será que esos niños salen de la nada y desde que nacen juntan sus manitas y hacen planes macabros planeando desde el vientre de su madre ser de lo peor? A veces escuchar a los padres hablar de sus hijos nos hace pensar que así sucedió. ¡Sus hijos son problema y es un gran misterio! ¡Nadie fue y nadie supo! Esos niños son la pesadilla de sus padres y ¿quién será la pesadilla de ellos? Mi querido lector, los niños nunca son el problema. Ellos son el resultado del ambiente al que llegaron cuando nacieron. Los niños van demostrando su personalidad, pero todo niño, con la disciplina adecuada, con el amor incondicional de sus padres y con un ejemplo de una conducta intachable por parte de los adultos que lo crían, y un ambiente de paz, puede ser el niño perfecto. Mi punto es que los niños nunca son el problema. El problema son siempre los adultos. Un niño no sabe fingir. No sabe poner una sonrisa cuando está en presencia de extraños y quitarse la máscara en casa al cerrar la puerta. Un niño no es incongruente; él dice lo que piensa no importa donde se encuentra. Un niño que no sabe comportarse, sólo nos está pidiendo a gritos que nos fijemos más en el ambiente en el que vive, que pongamos más atención a los adultos que lo cuidan, pues ellos sí son incongruentes. Ellos sí usan máscaras para disimular lo que viven tras puerta cerrada. Pero los niños lo ven todo, lo oyen todo. Los niños ven cómo nos comportamos en público, cómo decimos lo correcto siempre, hablamos en el tono adecuado, usamos la cortesía, sonreímos cuando es necesario, y ponemos nuestra mejor cara. Pero los niños van con nosotros a la casa y se dan cuenta de la transformación que sucede al cerrar la puerta. Ellos nos conocen como nadie más. Los niños pueden ver que dentro de casa se termina la cortesía, usamos el peor tono de voz, nos tratamos mal. Hablamos pestes de a quienes sonreímos antes de llegar a casa, donde ya no tratamos de impresionar a nadie y nuestros hijos se dan cuenta. Ellos te conocen, te imitan y luego los culpas por demostrar en la calle lo que aprenden en su casa. Los niños sólo son el eco de lo que los adultos viven tras puerta cerrada. ¡Los niños no son el problema! Son los adultos los que necesitan el cinto y un buen “time out” para reflexionar en sus caminos y en el legado que están dejando a la siguiente generación. ¿Los niños que tienes en tu casa te ven leer? ¿Te ven estudiar? ¿Te ven usar un lenguaje apropiado, no importa cual sea tu estado de ánimo? ¿Te ven ser agradecido? ¿Te ven leer tu Biblia y te ven apartar tiempo para Dios? Tus hijos imitan lo que ven e ignoran tus consejos incongruentes. ¡No son tontos! Desarrolla en casa lo que quieres que tus hijos reflejen en su conducta dondequiera que vayan. Invierte tiempo en crear el ambiente que tus hijos necesitan para ellos causar una diferencia dondequiera que vayan. No los culpes, obsérvalos, y si pones atención lo único que encontrarás es una personita que sólo imita lo que eres tú. Lo único que podrás ver es que ellos demuestran lo que viven tras la puerta cerrada, eso que quisieras que nadie sepa. Abraza a tus hijos hoy y pídele a Dios sabiduría porque esos pequeños son tu responsabilidad y Dios te pedirá cuentas de lo que hiciste de ellos. Y si tus hijos son halagados por la sociedad, te felicito! Algo estás haciendo bien. Pongamos atención a los gritos en silencio de nuestras criaturas. Pongamos atención al clamor interno de su corazón. Los niños no son el problema; ellos son un regalo de Dios.
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