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La excelencia es estar por encima del promedio. Es quitarnos el peso que nos impide elevarnos a otro nivel. Es ver lo que nadie ve. Es resolver lo que otros prefieren dejar para mañana. Es ganar ventaja y trabajar mientras todos los demás descansan. La mediocridad es mucho más fácil. Es el camino del “montón”. La mediocridad es mantenernos en el promedio; no reprobamos pero tampoco sobresalimos.

Todos tienen cualidades pero sólo pocos están dispuestos a hacerlas sobresalir. Sólo pocos están dispuestos a pulir las cualidades hasta que la desventaja sea de otros y no nuestra. La excelencia es la calidad superior que hace digno de singular aprecio a quien la posee. La mediocridad es enemiga de la excelencia. No se toleran, no se pueden ver ni en pintura. La mediocridad quiere estar cerca de la excelencia, pero nunca le dejan entrar. Siempre se ve la diferencia. La excelencia siempre tiene acceso, siempre es promovida, apreciada y aplaudida por la excelencia misma. La mediocridad no le aplaude, sólo la envidia. La mediocridad es el ídolo de quienes quieren caminar sin celebración; sólo se ven en otros niveles cuando están soñando, pero al despertar sólo ven la mediocridad como la única realidad. Viven por vivir, corren en la carrera sin buscar ganar.

La mediocridad tiene muchas excusas. Su color de piel, raza, educación, género y las circunstancias difíciles de la vida. La excelencia no busca excusas, simplemente pule sus cualidades, juzga sus debilidades y no las suelta hasta convertirlas en fortaleza. Cada debilidad la convierte en una maestría y cada obstáculo lo recibe con gran emoción y adrenalina. La mediocridad quiere muchos votos, mucha compañía, no soporta estar sola. Siempre tiene seguidores. La excelencia nada contra la corriente. Siempre tiene pocos a su lado. La excelencia casi siempre está sola, no hay muchos a su lado y no es muy popular entre la mayoría, pero es la minoría la que ha cambiado al mundo y es ahí donde siempre quiere estar.

La excelencia pone atención a los detalles. Se fija en limpiar los rincones. Los rincones del corazón siempre tienen la luz prendida. Se fija por debajo de la mesa en la casa, y por debajo de sus intenciones en el alma. La excelencia practica el orden en los cajones de la recámara y en los pensamientos. El closet no es causa de vergüenza; los invitados pueden verlo. En
su conciencia, el closet está intacto y puede verse en toda transparencia. La excelencia es interna primero y se refleja en cada una de sus asignaturas.

La excelencia no cuesta. La mediocridad sí sale muy cara. ¿Por qué? Porque en un tiempo de recesión, de una economía peligrosa, la excelencia tiene mucha ventaja para no perder el empleo, permanecer aun en recortes de personal y ser contratado y promovido cuando nadie más lo es.

Es triste entrar a un negocio en estos tiempos donde no hay empleo, y ver que quienes ocupan posiciones y tienen un sueldo seguro practican la mediocridad en lugar de practicar la excelencia. Tratan mal al cliente, en lugar de apreciarlo más que nunca. El negocio no recibe su atención, no ocupa espacio en su mente el mejorar el trato, mantenerlo limpio y superar a la competencia. Ahora el consumidor quiere calidad y un servicio excelente. Ya tiene opciones y pide más por su dinero. Pide excelencia y si tu se la das, tendrás éxito en lo que haces.

Te animo a que pongas atención a tus cualidades, empieza a pulirlas, a sacarles brillo. El siguiente nivel está disponible, y tu puedes ocuparlo. La única desventaja que te llevará al fracaso es seguir exactamente igual. ¡Ya son muchos mediocres, la excelencia te espera!

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