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Uno de los regalos más maravillosos que hemos recibido como seres humanos es la capacidad de sentir dolor. El dolor es una alarma interna que nos prepara para actuar y resolver. Yo sé que a nadie nos gusta el dolor; probablemente ya estás pensando que el dolor se te tiene que quitar y leer un artículo que llame al dolor “un regalo” ya te está molestando un poco, ¿no es cierto? Espérame tantito y vamos a estar de acuerdo en un momento.

¿Qué pasaría si al estar en la cocina pones tu mano en la hornilla caliente y no sientes el dolor? El dolor es un aviso de que algo está mal, un aviso que nos protege. Por lo menos esa fue la intención al darnos esa alarma. Al recibir el aviso, entonces debemos actuar. Y ahí es donde empiezan los problemas.

¿Qué es lo que hacemos cuando nos duele una muela? La alarma del dolor se prende. Pero en lugar de actuar, lo empezamos a tolerar. Casi nadie se levanta al día siguiente con urgencia para ir al dentista. Sabemos que si vamos rápido al sentir dolor por primera vez, habrá solución. El dolor se irá rápido sin mayor problema. Pero no es lo que hacemos. Empezamos a tolerar el dolor. Nos adaptamos y cambiamos nuestra vida para aprender a vivir con el dolor. Cambian nuestros hábitos y le damos la bienvenida al dolor como si fuera un primo que nos cae mal, que viene de visita y lo tratamos con atención; causa puras molestias y lo sabemos, pero haremos todo menos solucionarlo. ¡Eso jamás! Sería como echarlo de la casa, como hacerle un desaire, ¿y quién quiere hacer eso? ¡No! El dolor debe quedarse, y debemos disfrutar el fastidio.

¿Has puesto atención a todo lo que cambiamos para vivir con el dolor de una muela? Masticamos de ladito, evitamos comida muy dura, picosa o muy fría. Dejamos el chicle y todos esos antojitos que antes disfrutábamos. Sonreímos medio raro y hablamos poco. Dormimos diferente para no poner presión ahí donde duele, elegimos posiciones distintas para evitar la molestia. El estado de ánimo sufre, el carácter se altera. Empezamos a tomar pastillas que no quitan el problema, pero nos permiten tolerarlo un poco más. ¡Eso es lo peor! Tomamos algo que apague la alarma que nos indica que algo está mal, y cada vez se pone peor. Hasta que
ya se vuelve insoportable y el dolor nos lleva al dentista, pero ya no hay solución; deben extraer la muela. No se puede salvar, no se pudo hacer más.

El dolor esta ahí para hablarnos de algo que está sucediendo. Si tan sólo ponemos atención y buscamos la solución, el dolor sería nuestro mejor consejero. Pero si lo ignoramos se convierte en nuestro peor enemigo. Si le hacemos caso a tiempo nos lleva a un consultorio, pero si le ignoramos nos puede llevar al camposanto. El dolor parece ser más eficiente que el doctor, porque aunque el doctor diga que algo está mal, no haremos caso hasta que duela. Así que el dolor siempre parece movernos. ¿Pero qué pasa si el dolor no nos mueve, y no hacemos nada? ¿Qué pasa cuando preferimos tolerarlo y adaptarnos a él? Sería como escuchar la alarma de incendios y tolerar el humo y aprender a vivir con él, hasta que las llamas lleguen y sea demasiado tarde para salir. ¡No, por favor! ¡En cuanto el dolor te hable, escúchalo y muévete a actuar!

Si podemos decir dos cosas que nos llevarían al fracaso total, serían estas: Tolerar el dolor y tener miedo a confrontar lo que está mal. Estamos eligiendo la muerte en lugar de la vida. La desesperación en lugar de la esperanza. El fracaso en lugar del éxito y la completa desilusión de nosotros mismos, pues siendo seres que fuimos llamados a resolver los problemas, hacemos lo opuesto. Somos incubadoras de lo peor. Y como una peste mortal, contagiamos a los que nos rodean de todo lo que la tolerancia produce. Contagiamos de amargura, de palabras negativas. Contagiamos a los demás de duda y desconfianza. Somos los merolicos que anuncian que el dolor es quien será nuestra eterna compañía, pero para eso no es. Jesús vino a darnos una vida en abundancia, y el dolor nos avisa de algo que no corresponde a esa vida; debemos movernos rápido hacia la solución. No debemos buscarla en otro lado, Jesús es quien tiene la solución. ¿Pero aplicaremos el consejo?

¿Dónde te duele? ¿Puedes contestar esa pregunta? La primera palabra hiriente que dolió se toleró, y la siguieron muchas palabras peores; tal vez después fueron golpes, hasta que terminó en divorcio. El dolor de la primera palabra prendió la alarma, y no le escuchamos.

Azotamos la puerta de casa dejando ahí dentro a
niños temerosos; se quedaron nerviosos y frustrados, porque fue injusto. Pero avanzamos al carro, sabiendo lo que dejamos atrás. La alarma se prende. Duele, sabemos que hicimos mal. Ese dolor te llama a regresar, pedir perdón, abrazarlos y corregir el error. Ese dolor te está dando la oportunidad de ser una mejor persona, de ser alguien sensible. Duele, y seguimos avanzando con la esperanza de que al paso del día todos se olvidarán de lo sucedido. Pero nunca es así. Si no escuchamos esa alarma interna del dolor puede ser que al paso del tiempo nos hagamos sordos; el corazón quede encallecido y las veces que se prenda ya no lo percibamos. Y en lugar de ser sensibles, nos hacemos cínicos, fríos y sádicos. Por eso digo, mi querido lector, que el dolor es una bendición, porque si lo oyes a tiempo hay solución.

¡No dejes que se te caiga la muela, la casa, el matrimonio, tu trabajo y tus relaciones! Oye el sonar de la alarma del dolor y da gracias por eso. Levántate y confróntalo. Dios te dio el dolor para que te mueva a ponerte en acción. Dios te dio el dolor para recordarte que sin El no vas a poder. Esa alarma la puso Dios. Y lo que más duele es caminar esta vida sin El. Pídele que venga a tu corazón, que sea tu Señor y te dé dirección. ¡El es nuestro Santo Remedio!

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