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El tiempo de dar regalos es algo emocionante. Es nuestra oportunidad de expresarnos con aquellos a quienes amamos de una manera única y especial. El recibir un regalo no requiere de planeación, de esfuerzo, de tiempo, de dedicación, de esmero. Pero dar un regalo es todo un proceso especial e inigualable. Parece ser que al dar un regalo tenemos que meditar si estamos haciendo un bien, si va a causar un cambio en la vida de quien lo recibe, si estamos supliendo una necesidad y un deseo. Son detalles que pasan por nuestra mente cuando queremos regalar algo.

El regalo siempre refleja el carácter de quien lo da. El regalo habla de la generosidad para apartar de su presupuesto una cantidad. Salir de casa a una tienda, pasear por los aparadores con esa persona especial en mente, haciéndose preguntas importantes: “¿Le gustara?, ¿Le quedara?”. El brillo aparece en los ojos cuando finalmente se encuentra aquello que expresa lo que tiene en su mente. Ese regalo que habla de lo que siente por esa persona. Emocionado, paga el regalo y lleva en sus manos muchas palabras, sentimientos y aprecio. Una expresión clara de quien es esa persona especial en su vida. Sale feliz, listo para escoger la envoltura de acuerdo a la ocasión. Es un momento de gran satisfacción. Y ahora sólo falta esperar el momento donde todos esos sentimientos se entenderán sin palabras cuando esa persona especial reciba el regalo, lo abra y con el brillo de sus ojos y el esplendor de la sonrisa sepa el valor que tiene para quien lo regalo. No queda nada que hacer, sólo dar las gracias y, a partir de ahí, disfrutarlo, usarlo y cuidarlo. Para quien lo regaló queda la satisfacción más grande: haber causado un cambio en esa persona y, al ver el cuidado que le da al regalo, sentirse orgulloso al decir “ese regalo se lo di yo”.

En el tiempo de recibir regalos siempre tenemos a una persona en mente que nos emociona porque da como nadie más. Ese tío especial que da el cheque más gordo, la abuelita espléndida que no se mide con los nietos, el papá que trajo la caja más grande y parece que es esa bicicleta tan esperada o una caja pequeña que contiene unas llaves de un carro último modelo. La adrenalina se sube, las mariposas bailan en la panza y la piel
se pone como de gallina.

Dios es el más generoso de todos. Da con locura: Se paseo por los aparadores del cielo pensando en ti. Buscando el regalo perfecto que demuestre el gran amor que te tiene. Veía a los ángeles, pero aunque son una preciosa creación, El quería darte algo aún mejor. Siendo el dueño del oro y de la plata, tampoco eso expresaba su amor. Quería darte más. Algo que cambie tu historia, que llene el vacío en tu corazón, que sane todas tus dolencias, que puedas contar con ese regalo a diario y te saque de todos tus problemas. El regalo perfecto que te quite la soledad y borre tus culpas. El regalo que supla tus necesidades y te salve de la ruina. El regalo que te dé el acceso a la eternidad a Su lado. Hasta que se dio ese momento, donde estaba delante de El el regalo perfecto. Era Su Hijo. Y lo dio por ti. La envoltura fue un pesebre. Todo Su amor por ti en un solo regalo. Cuando llegó al mundo dividió la historia en dos. Antes de Cristo y después de Cristo. Ahora quiere cambiar tu historia, tu universo. Recíbelo hoy. Antes de Cristo la vida no tiene sentido; después de Cristo no te hace falta nada.

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