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Por Pastor Ana Sweet

La hora se acercaba; con lágrimas en los ojos, un hombre acariciaba el cabello de su esposa mientras estaba en el parto de su primer bebé. El hombre no sabía qué hacer, sólo temblaba de nervios mientras el doctor decía: “Ya viene, aquí esta la cabecita”. Nueve meses esperando este momento. Decidieron esperar hasta entonces para saber si sería una niña o un niño. Ella miraba a su esposo expectante. Por fin vería la carita de ese ser que fue parte de ella por esos largos meses. Y de pronto el doctor dice “¡Aquí esta!” ¿Qué es doctor? Preguntaba ella, y el doctor les dice: “Es su juez”.

¿Whaaaaaat?!

Pues sí. Parece ser que en lugar de hijos e hijas nuestras mamás dieron a luz a sus peores jueces. Creo que nos hace falta entender que todos participamos de un ciclo en la vida y todos pasamos por la etapa de ser hijos y luego ser padres. Como hijos es nuestro tiempo de sembrar; como padres es nuestro tiempo de cosechar.

Tuve el honor de tener una gran mamá que me enseño a no juzgar. Mi padre no quiso saber de mí desde que yo cumplí un año de vida. Al paso de los años, en los momentos difíciles en la niñez, cuando veía a mis amiguitas con sus papás, cómo las besaban, y las subían en sus hombros; cómo ellas celebraban el día del padre y para mí ese día era como cualquier otro, llegaba con lágrimas en mis ojos a los brazos de mi mamá y ella siempre me decía: “No juzgues a tu padre”. Con su amor me secaba las lágrimas y me consolaba en sus brazos. Simplemente juzgar no era una opción para mí, mi madre no lo permitió y hoy se lo agradezco mucho.

A los 27 años tuve el privilegio de conocer a mi papá. Nunca olvidaré la expresión de su rostro cuando me vio llegar frente a su puerta. Ya tenía 70 años. Sus ojos se pusieron rojos, su manita temblaba. Mi padre esperaba gritos, preguntas, reclamos y todo eso que hacemos los hijos con nuestros padres cuando creemos tener el derecho de hacerlo. Pero eso no fue lo que mi mami me enseñó. Sus palabras resonaban en mi mente: “No juzgues a tu padre”. Le doy gracias a Dios porque al verlo lo único que hice fue sonreír y
extenderle mis brazos. Le pedí una sola cosa: “Dame la oportunidad de amarte mucho”. Y mientras se derramaban las lágrimas en sus ojos me dio muchos besos. Ahora tomamos café cada semana y hablamos de todo, pero no del pasado. No hay preguntas, ni reclamos, no tengo nada que decir. ¿Por qué? Porque cuando yo nací, nació una hija, no un juez.

La Palabra de Dios dice que hay una forma de garantizar que vivamos mucho tiempo y hay una manera de garantizar que moriremos antes de tiempo. Su Palabra dice “Honra a tu padre y a tu madre para que tengas larga vida”. Obviamente el no honrarlos produce lo opuesto.

Honrar significa darle valor, tener estima por algo, respetar, apreciar y eso es lo único que Dios autoriza que hagamos con nuestros padres. No depende de que sean buenos o malos, justos o injustos. No es nuestro trabajo decidir si lo merecen o no. Dios nos anima a amarlos, honrarlos, respetarlos y considerarlos. Ya tendremos oportunidad de cosechar con nuestros propios hijos. Y no sé tú, pero yo no quiero cosechar juicio.

Muchos dicen: “Yo nunca voy a ser como mi padre”, “yo nunca voy a ser como mi madre”, pero la manera más segura de que llegarás a ser igual o peor, es siendo un juez. Parece que no podemos depositar juicios en el banco y después hacer un retiro de misericordias. El banco sólo tiene lo que depositaste. Si dedicaste tu vida a juzgarlos, empezarás a ver que tus hijos te juzgan por lo mismo que tú juzgabas. Es una ley en la vida. Si juzgamos seremos juzgados.

Busca algo que te motive a honrar a tus padres. Deja de decir que ellos no lo merecen; te recuerdo que un día tú vas a necesitar que no te den tu merecido. Dios te promete una larga vida sin todas esas enfermedades que vienen a causa de la amargura, de la falta de perdón, de todo eso que toca a nuestra puerta tratando de recortar nuestros días. Puedes tener una larga vida dejando atrás lo que te hicieron y sembrar honor a tus padres aunque no lo merezcan, o puedes darles lo que merecen, gritarles todos los días, hablar pestes de ellos a sus espaldas, dejar de hablarles, castigarles con tu desprecio. Pero mi querido juez, apúrate, porque te quedan pocos días.

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