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Perdonar y confiar son dos verbos son totalmente distintos. Parece que el motivo de no perdonar tiene mucho que ver con temores como estos “¿y qué tal si lo vuelve a hacer?”, “muchas veces lo he perdonado y sigue en lo mismo”, “si lo perdono va a pensar que estoy de acuerdo con lo que hizo”. Estas cuestiones no tienen que ver con el perdón sino con la confianza. La decisión de perdonar a alguien no depende de los cambios que tal persona haga en su comportamiento. Es una decisión urgente que todos debemos tomar por nuestro propio bien. El no perdonar es vivir en amargura y en resentimiento. Afecta nuestro futuro terriblemente y parece que esa herida del pasado se convierte en la ventana por la cuál vemos todo el mundo a nuestro alrededor. Una mujer se levantaba todos los días deprimida porque al mirar por la ventana decía: “otro día gris”. Se ponía su piyama y no salía de casa. Un día como todos, esa mujer se levanta y mira por la ventana y dice, “¡guau, qué día tan bonito!” Y su mamá sale un poco molesta y le dice: “hija, todos los días han sido así; lo único que cambió es que te limpié las ventanas. No veas a los demás a través de las heridas que otros te hicieron. Eso es vivir sin perdonar; la ventana de la amargura hace que todo se vea mal. Un viejito tomaba una siesta. Sus nietos traviesos tomaron un queso apestoso y se lo embarraron en la nariz. Cuando el viejito despierta dice: “¡ay, qué feo huele la sala!”. Se va a su cuarto y dice “¡Pero qué feo huele mi cuarto!”; finalmente se va a la calle y dice “¡Oh no, el mundo huele horrible!”. No era ni la sala ni el cuarto sino el queso en su nariz. Caminar con amargura es exactamente igual. Todo huele mal, porque traemos heridas irresueltas que no perdonamos. Perdonar y confiar es como hacer dos trámites en dos ventanillas diferentes. Pero eso sí, uno de los requisitos para llegar a la ventanilla de la confianza es terminar con el trámite del perdón. El primer trámite, el del perdón, debería ser de inmediato, pero el segundo puede tomar años. El significado de perdonar es levantar el castigo. El significado de confiar es poner al cuidado de alguien alguna cosa. ¿Cuándo dejo de confiar? Cuando la persona descuida, maltrata o daña aquello que puse bajo su cuidado. Cuando se hace un daño, dar el perdón es simplemente no tener deseos de venganza. No sentarse en la silla de juez y desear un castigo. Es desearle el bien a quien hace el mal. Pero en ningún momento significa devolverle la posición que tenía, los derechos o los privilegios de que disfrutaba. Para perdonar no hay condiciones, pero para confiar sí. Puede ser que perdones a quien te hizo pedazos el corazón. Le deseas un bien, no buscas vengarte ni tomar el asunto en tus propias manos. Si es necesario involucras a otras instancias para que se hagan cargo, para eso están. Puedes decir “Te perdono, te deseo lo mejor, pero acabo de llamar al 911”. Insisto: perdonar debe ser inmediato. Esa es la lección que recibimos en la oración del Padre Nuestro. Perdonamos para ser perdonados. Sencillamente perdonar no es para beneficiar al ofensor, sino para no comportarnos como jueces. Jamás nos beneficia ser juez de nadie. Nadie nos ha dado el derecho a castigar. Ya hay un Juez, y El juzgará. Si perdonamos seremos perdonados y si juzgamos seremos juzgados. Punto. No hay más que hablar. Confiar es otra cosa. Si alguien tenía algo a su cuidado, y lo descuidó, no se le debe dar la posición que tenía hasta que restaure lo que dañó. Perdón hay en el momento, aún sin que lo pida, pero para volver a tener algo bajo su cuidado hay mucho por hacer. Sólo quien sufrió el daño puede decir cuándo la restauración se ha completado. Es como entrar a una tienda de cristalería demasiado cara y delicada, y actuando como lo haría un chivo. Obviamente, acaba con todo. La tienda queda hecha un desastre. Al ver al dueño pide perdón, y el dueño le dice; “te perdono, pero tienes que pagar todo lo que rompiste”. Antes de causar daño debemos pensar si estamos dispuestos a pagar, a restaurar, no importa lo que tarde, no importa el tiempo que tome, hasta que la víctima quede satisfecha. En una cristalería es fácil saber cuándo terminará de pagar, pues ahí esta la mercancía visible; aunque hecha pedazos, se puede medir el costo. ¿Pero cuánto tiempo toma restaurar un corazón roto? ¿Cuánto cuesta? Si pensáramos en el costo antes de romperlo, probablemente se nos quitarían las ganas de hacerlo. ¿Pero quién piensa? El cínico dice: “hoy lo hago; al cabo mañana llego con una florecita barata para pedir perdón, dejo que caigan unas dos de cocodrilo y listo. ¡Aquí no ha pasado nada!”. Pues con razón nadie quiere perdonar. ¿No es así? Por favor, te suplico, perdona hoy. Es por tu bien, y tómate el tiempo que se requiera para volver a confiar. Pero esa debe de ser la meta. El corazón que perdona exige que se restaure el daño, y una vez restaurado abre sus puertas otra vez. Se arriesga de nuevo. Jesús murió para perdonar todos tus pecados. Pagó tu cuenta. Ahora tienes paz con Dios. Ya nada impide que tengas una relación con El. Ese perdón nos capacita para perdonar a otros y vivir en paz. Recibe Su perdón hoy y verás las cosas a través de una ventana limpia. Email: pastoranasweet@yahoo.com
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