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El Perdón parece ser un tema escabroso que causa malestar en quienes han experimentado una ofensa. Como una llaga en el corazón, que duele, se infecta y causa gran dolor, a nadie se le permite tocarla. Supura día y noche, no es una herida visible, pero es notable. Supura en las conversaciones y en las expresiones del rostro se puede notar que algo anda mal en el corazón. Cuando el tema se toca, la persona salta, palidece, su voz cambia de tono, los ojos enrojecen, parece que recibe un impacto en el hígado. El problema es evidente, pero ¿cuál será la solución? Podemos buscar cursos intensivos que apacienten el alma, consuelos de diferentes personas que tomen partido y se inclinen del lado de la víctima; buscar programas de consejería o de psicología que permitan a la persona lastimada vomitar sus sentimientos, aunque parece que al paso del tiempo el malestar empeora en lugar de mejorar y el paso de los años hace que sean mayores los efectos de ese gran daño. Parece que tratar con los frutos causa cambios temporales, pero si la raíz del problema no se arranca, tarde o temprano aparecerán los frutos otra vez. Toda persona herida hiere. Cuando Papá hizo daño a un joven, parece que el daño empieza a crecer al paso del tiempo. Ese joven crece con amargura y dice: “yo nunca seré como ese tipo”. Pero ¡oh sorpresa!, cuando este adulto que ha mantenido esa herida llega a ser padre, parece que los patrones se repiten, y se convierte en ese monstruo del cual trato de huir toda su infancia. No cabe duda de que la ofensa lastima, pero acumularla, atesorarla y mantenerla puede causar hasta la muerte. Toda persona herida quiere deshacerse de ese tumor que va creciendo, pero es algo interesante la forma en que busca la solución. “Dame algo para que deje de doler, pero jamás voy a perdonar. No importa si la herida se gangrena y le hago la vida imposible a todos los que me rodean a causa de la amargura. Dame algo para que olvide, pero jamás perdonaré. Borraré ese acto de mi memoria usando el alcohol, llenaré el vacío con alguna sustancia que destruya mi cuerpo pero lograré escapar por lo menos unas horas”. ¡Todo, menos perdonar! Una vez escuché una ilustración que me puso los pelos de punta. El que no perdona es como alguien que descubre ratas en su casa. Quiere deshacerse de esa peste a como dé lugar. Va desesperado a la tienda a comprar veneno. Se sienta en su silla favorita, contempla a esas ratas y le recuerdan el asco que ha sentido todo ese tiempo y al abrir la botella, en lugar de envenenar a las ratas se toma el veneno. Eso es lo que pasa cuando no perdonamos. ¿Te has preguntado si el ofensor es el que se está muriendo por no perdonarlo? Visitas al doctor con úlceras, no soportas el estómago, el ceño está fruncido permanentemente, tus relaciones cada vez empeoran, todo por el recuerdo de aquel que te lastimó. ¿No será que al no perdonar estás envenenando tu propia alma y el ofensor sigue vivito y coleando? El Perdón en cambio beneficia a la víctima de una manera impresionante. Es una decisión con unos efectos incalculables. No vale la pena caminar sin perdonar. Es un veneno que mata, y daña todo lo que está a nuestro alrededor. La oración que esta en la Biblia y que todos conocemos merece mayor atención. El “Padre Nuestro” lo sabemos todos de memoria. Dios lo ha dicho y no podemos seguir actuando igual. ¿Lo podemos recordar juntos? ¿Te atreves a repasarlo lentamente en voz alta? Deja que el poder de la voz del Maestro de Galilea sane el corazón: “Padre nuestro que estás en el cielo, santificado sea tu nombre. Venga tu reino. Hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo. Danos hoy nuestro pan de cada día. Y Perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden. No nos dejes caer en tentación y líbranos del mal”. Dios perdona nuestras ofensas de la manera en que nosotros perdonamos a los que nos ofenden. ¿Te haz puesto a meditar en eso? Si no perdono, Dios hará lo mismo conmigo. Si aplico la ley del hielo, Dios hará lo mismo conmigo. Si perdono con muchas condiciones, Dios hará lo mismo conmigo. El que perdona es inteligente. Al que no perdona no habrá quien lo socorra. Email: pastoranasweet@yahoo.com
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