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La paciencia y la serenidad nos llevan a ser buenos padres. Que los padres sean serenos y calmados facilita que los hijos crezcan más maduros y felices. Todos los padres en algún momento han perdido la paciencia o se sienten enojados y frustrados con sus hijos, y pueden decir cosas que luego lamentan o se arrepientan; esto es normal en la tarea de enseñar, educar y disciplinar al niño. Pero si usted nota que frecuentemente pierde la paciencia y le grita habitualmente a sus hijos, haga un alto y trate de encontrar el porqué lo hace. Si ha estado gritando demasiado a sus hijos en los últimos días o semanas, usted es el que está teniendo mal comportamiento. Las estadísticas muestran que el 75% de los padres gritan a sus hijos, y esto puede ser por cuestiones culturales o ambientales. En la mayoría de los casos este comportamiento es heredado; nuestros padres gritaban y ahora nosotros gritamos a nuestros hijos. Copiamos o aprendemos a manejar la rabia o le coraje a través de los gritos. También es frecuente gritar cuando estamos estresados por el trabajo o tenemos demasiadas obligaciones o compromisos. Los traumas o conflictos del pasado no resueltos, pueden influir también. La acción de gritar se considera como una forma de agresión psicológica o abuso emocional hacia el niño. Cuando los padres gritan con mucha frecuencia el niño puede criarse asustado, inseguro o tímido. Si le decimos palabras de desprecio, insulto o injuriosas como: “Eres tonto” o “estúpido”, “Qué burro eres”, “Eres un niño malo”, etc., el niño acabará con muy baja o débil autoestima. La amenazas de daño físico hacen que su hijo le tema o desconfíe de usted (el niño puede sentirse inseguro, asustado o nervioso, así como tímido). Cuando se culpa al niño o lo hacemos “pagar los platos rotos” (por ejemplo: “Si no fueras tan tonto, tu hermana no se hubiera caído”, “Si no tuviera que cuidarte, podría ganar más dinero”) sólo logramos que el niño piense que es una mala persona y que no merece ser feliz y querido. Las burlas y los sarcasmos humillan al niño, le debilitan su autoestima o autoapreciación, no se siente aceptado y termina por no aceptarse a sí mismo, dificultando el desarrollo emocional normal. Es conveniente no disciplinar al niño cuando se está enojado o furioso, ya que podrá lastimarlo y arrepentirse después. La mayoría de los casos de maltrato físico, verbal o emocional se producen cuando se disciplina bajo un coraje o rabia. Además, la emoción del coraje puede salirse de proporción al compararlo con lo que el niño ha hecho. Usted no quiere que el niño tenga temor o miedo, sino que entienda y cumpla con las reglas familiares. El sabio consejo de contar hasta diez lo ayudará a bajar la intensidad del coraje y a pensar más claro sobre las consecuencias de sus actos. Respire hondo y dígale a su hijo exactamente cómo se siente, pero con calma (por ejemplo: “Estoy enojado”, en lugar de decirle “tu comportamiento me molesta demasiado”). Sea breve y simple con su explicación, y si le grita no tema disculparse. La mente del niño recibe todo lo que le envían sus padres; no tiene la capacidad o madurez para saber si es verdad o no es verdad, o si es justo o injusto lo que se le dice. Su mente es como una esponja que absorbe todo; por eso los golpes emocionales o psicológicos afectan tanto a la niñez. Vivimos una era muy acelerada y por ello fácilmente perdemos los estribos con los niños. Si usted nota que esta explotando con mucho coraje fácilmente, busque ayuda con un profesional de la salud mental. Graciela G. Baugher, CCHt. 303-775-9060. www.gracielabaugher.com
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