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El odio lo podemos definir como el sentimiento contrario del amor y es producto de los resentimientos. El resentimiento o rencor es un sentimiento negativo que puede ser muy destructivo porque nos puede amargar, llenar de rabia o dolor (emocional o físico). Si no lo sabemos identificar, manejar o controlar, puede afectar nuestro ambiente o nuestra propia vida. El resentimiento puede ser contigo mismo o con otras personas. El rencor o resentimiento lo sentimos en contra de una persona que ha hecho algo que es diferente a lo que estábamos esperando o distinto a nuestras expectativas. El resentimiento no nace por la acción de la otra persona, nace por lo que yo esperaba que la persona hiciera o dejara de hacer. El rencor o el odio puede dañar nuestra salud, pues cuando recordamos una ofensa o pensamos en la persona que supuestamente nos hizo daño al decir algo, al mentir o al no cumplir con nuestras expectativas ante una situación o circunstancia, experimentamos sensaciones muy molestas y negativas, como frustración, dolor, ira, impotencia y ansiedad. Esta carga tóxica y pesada en nuestra mente (angustia o infelicidad) altera la fisiología o funcionamiento de nuestro organismo, pudiendo causar hipertensión arterial, dolores de cabeza, problemas gástricos o estomacales, tensión muscular o calambres, dolores crónicos sin una causa determinada, otras efermedades crónicas o terminales, etc.. Ninguna de estas dolencias o malestares físicos que produce el odio y el rencor son comparables con las consecuencias en el aspecto psicológico, ya que “apagan el espíritu”, no podemos experimentar alegría, nos desgasta la energía positiva y no nos podemos sentir en paz ni felices. La persona que odia vive responsabilizando a los demás por sus fracasos o por su dolor, por lo general, no pueden olvidar lo que “supuestamente les hicieron” y, por lo tanto, no pueden perdonar. El perdón es una decisión personal y es uno de los actos más nobles que puede hacer el ser humano, ya que elige perdona a pesar de tener en el corazón mucho dolor o resentimiento. Para perdonar no hay que esperar que nos pidan perdón. Cuando perdonamos no justificamos a quien nos hizo daño; tampoco significa que estamos de acuerdo con lo que pasó o que dejamos de darle importancia a lo sucedido, es una vivencia personal para vivir en paz. Perdonar no es una tarea fácil, demanda fortaleza y valentía de la persona que se siente ofendida. La persona que se niega a perdonar y fomenta más rencor sigue siendo víctimas de quien la lastimó en el pasado. Inconscientemente, siente que tiene cierto poder sobre el agresor y puede querer vengarse, pero en realidad le “entregó” poder al considerarse víctima, ya que se afecta física y emocionalmente por hechos ocurridos en el pasado. Se ha demostrado cientificamente que las víctimas que perdonan a sus agresores experimentan una mejoría física y psicológica mayor que aquellas que no lo hacen. Resumiendo, el rencor, el coraje, el odio y el deseo de venganza dañan el cuerpo y el alma, porque provocan y crean emociones negativas en el cerebro que impiden el funcionamiento sereno y equilibrado de una persona. El perdón es la clave para regalarnos la paz. Graciela G. Baugher, CCHt. Cofundadora y miembro de la Alianza por la Educación y Salud de los Hispanos. 303- 775-9060. www.gracielabaugher.com
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