Una persona que constantemente se instala en la tristeza, el resentimiento, el desinterés y el pesimismo como resultado de una acumulación constante de disgustos, decepciones, desengaños, mala suerte y fracasos a lo largo de la vida, se siente amargado. Estas personas se empeñan en encontrar el lado negativo a las otras personas o a las situaciones que ocurren a su alrededor. El amargado se convierte en una persona infeliz y tiende con facilidad a amargarles la vida a quienes tiene a su lado, especialmente si son niños, jóvenes o personas que dependen de él emocionalmente (cónyuge o personas ancianas, etc.).
Un “amargado” es un resentido que trata a otros con hostilidad, cinismo o sarcasmo. El resentimiento es una emoción de coraje o rabia, la cual se siente como resultado de una situación injusta o incorrecta, ya sea real o imaginaría. Emocionalmente puede ser una experiencia muy inquietante porque se revive en la mente la situación y el dolor ocurrido en el pasado, que no se ha resuelto.
Por lo general, “los amargados” tienden a desempeñar un papel de víctima en la forma como se comunican con los demás (relaciones interpersonales) para captar la atención ajena. Pueden asumir los siguientes roles: - El perseguidor: hace el papel de malo, interroga e intimida, y es percibido como una persona muy lista que se las sabe todas. También puede castigar o humillar a quienes cree equivocados. – El salvador: quiere que le reconozcan su papel de bondadoso, pero a la vez pasa factura de lo que otros hacen. – La víctima: su supervivencia y comunicación es dar lástima a los demás, exhibiendo su sufrimiento y dolor emocional.
La persona que vive en la amargura es infeliz y puede tener las siguientes características: - Se crea problemas y si no tiene bastante con los suyos, asume los problemas ajenos. – Llena su vida con complicaciones reales o ficticias y le concede importancia a los sucesos negativos. – Piensa que siempre tiene la razón, todo lo ve blanco o negro (extremista) y la verdad absoluta siempre es la suya. Rechaza lo que digan los demás, no les cree. – Vive obsesionado y recuerda constantemente sucesos negativos una y otra vez, hasta que los hace imborrables en su mente (vive para sólo pensar en ellos). – Su presente no vale la pena, piensa sólo en le futuro. No disfruta nada en el “aquí y ahora”, se atormenta
pensando en todo lo negativo que le podría ocurrir dentro de unos años. – No se perdona a sí mismo, sólo siente autocompasión y lastima de sí.
Todo lo anteriormente expuesto puede lleva a una persona “amargada” a sentir odio. El odio es un sentimiento contrario al amor y es producto del rencor o resentimiento. Cuando odiamos, el malestar y el deseo de daño es lo que está presente. La persona que odia tiene una conducta agresiva y repulsiva contra la persona u objeto de su odio. También, responsabiliza a otros por sus fracasos y tiene un permanente sentimiento de que el mundo está en contra de él, no pueden olvidar lo que “supuestamente le hicieron” y se le dificulta el perdonar.
Los estudios han demostrado que las personas que guardan odio y resentimiento pueden somatizar, sufriendo enfermedades graves como el cáncer. El perdón es la llave para curar los resentimientos y el odio.
Graciela G. Baugher, CCHt. Cofundadora y miembro de la Alianza por la Educación y Salud de los Hispanos. 303-775-9060. www.gracielabaugher.com