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Como referí en el artículo anterior, el trauma es “un evento repentino ajeno a la experiencia normal humana”, pudiendo ser potencialmente de vida o muerte y la persona o el niño puede sentirse impotente, indefenso o paralizado. Todos los niños, de alguna manera pueden pasar por experiencias traumáticas. Desafortunadamente, como padres no evaluamos conscientemente el gran impacto y las consecuencias que el trauma puede tener sobre la vida de nuestros hijos. La magnitud del trauma depende del tiempo de duración (prolongado o repetitivo) y de la severidad del evento. También influye el tipo, la calidad y cantidad de apoyo o ayuda emocional que recibe el niño después del evento traumático. El trauma siempre ha existido y muchas veces llega a nosotros sin saberlo, y como consecuencia de esto presentamos una serie de síntomas extraños que no desaparecen; en otros casos el trauma es evidente y de gran impacto, creando un temor inconsciente que a veces se hace constante y deja un sentimiento de que el mundo no es un lugar seguro. Los niños, al igual que los adultos, pueden tener experiencias traumáticas por eventos extraordinarios (actos de violencia, asaltos o robos, guerras, abuso sexual, desastres naturales, etc.) o por eventos ordinarios (trauma de gestación o nacimiento, accidentes de coche o accidentes al jugar, fiebres altas, cirugías o procedimientos médicos u odontológicos agresivos, pérdida inesperada de un familiar, ahogo, etc.). También, el niño puede experimentar el trauma de desarrollo; este trauma es crónico por abandono de los padres, o por abuso físico o emocional. Cuando el abuso es de gran impacto, como el abuso sexual, puede ocasionar un choque traumático (evento aterrorizante que ocurre inesperadamente, en el cual nuestro sistema nervios no responde y produce un sentimiento de impotencia, parálisis, miedo u horror.) Por un trauma el niño puede comportarse de diferentes maneras. Las más comunes son: - Dificultad para dormir o para mantener el sueño, se niega a dormir solo en su cuarto por miedo y puede tener pesadillas constantes. - No quiere socializar o jugar con sus amigos. - Siente falta de interés en los deportes o actividades que normalmente practicaba. – Tiene dificultad para concentrarse en la escuela o al hacer la tarea (su mente está ocupada en evitar el recuerdo del trauma que tiende a reexperimentar continuamente), se distrae con facilidad y empieza a tener serias repercusiones en el rendimiento escolar (baja las notas o calificaciones). - Se vuelve irritable o se enoja fácilmente; en otras palabras, responde con rabia a situaciones que no le molestaban antes del trauma. - Puede llorar por todo. - Tiende a aislarse y empieza a ver a los demás como extraños (le empieza a gustar más la soledad). - Puede entra en un estado de hipervigilancia donde el niño está muy pendiente de lo que puede suceder a su alrededor y esto, a su vez, puede repercutir en el sueño (no descansa, pasa la noche inquieto). - Evita las actividades, las personas o lugares que le recuerdan el evento o trauma. - Puede empezar a mojar la cama en las noches. También, pueden empezar a morderse las uñas o chuparse el dedo. - Pueden tener dolores de cabeza constantes o dolores en el cuerpo. - Paranoia (siempre piensa que le va a pasar algo malo o alguien le va a hace algo malo). - Falta de habilidad para recordar algún aspecto importante del trauma. - Etc. Si su niño o niña presenta síntomas o signos del trauma busque ayuda con un profesional de la salud mental. Graciela G. Baugher, CCHt. 303- 775-906. www.gracielabaugher.com
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