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Por Graciela Baugher Los soldados en la guerra son forzados a reprimir o negar sus emociones con el propósito de sobrevivir. La negación emocional (de emociones como miedo, terror o pánico, tristeza, inseguridad, etc.) funciona temporalmente para ayudar al soldado a sobrevivir en el campo de batalla. Por ejemplo: el soldado tiene que negar sus sentimientos cuando ve a sus amigos heridos, mutilados o muertos, o negar lo que siente cuando tiene que matar a otro ser humano o cuando tratan de matarlo a él, etc.. Toda esta represión emocional tiene más tarde consecuencias devastadoras retardadas, conocidas con el nombre de Síndrome de Estrés Retardado o Desorden de Estrés Postraumático. Existe un trauma debido a la necesidad forzada de negar el impacto emocional de los eventos. El estrés causado por el trauma y el efecto de negar el trauma (negando una parte de sí mismo) sale eventualmente a la superficie en formas que pueden producir nuevos traumas, como son las pesadillas, ansiedad, ira o coraje incontrolado, abuso de alcohol y drogas, inhabilidad ante relaciones con la pareja o con otros, en el trabajo, etc., pudiendo llegar al homicidio o suicidio. De igual manera, si como niños vivimos en un hogar de maltratos y violencia (abuso físico, verbal, mental, emocional o sexual) podemos experimentar una mutilación emocional, tortura mental, violación física y hasta “muerte espiritual”, perdiendo nuestra alegría y esperanzas. De alguna manera fuimos forzados a crecer negando la realidad de lo que estaba pasando en nuestros hogares. Fuimos forzados a negar nuestro sentimiento acerca de lo que estábamos experimentando, sintiendo y viviendo. Forzados, a la vez, a negarnos a nosotros mismos. Crecimos teniendo que reprimir o negar la realidad emocional diaria, como por ejemplo: - Vivir con una madre o un padre alcohólico o adictos a drogas. - El abandono de uno de los padres o de ambos. - La depresión, la traición, la privación, desatención o negligencia. - El incesto. - La ira y las amenazas. - La tensión de ver a nuestros padres peleando con insultos o golpes. - El abuso de un padre sobre el otro. - Padre ausente por adicción al trabajo. - Madre asfixiándonos porque no tenía otra identidad mas que ser una madre frustrada. - El abuso que recibimos de uno de los padres, mientras el otro no nos defendía. - Etc. También, crecimos con mensajes como: - “Los niños grandes no lloran”. - “Las niñitas no se enojan”. - Los niños deben ser vistos pero no escuchados. - No cometas errores ni hagas nada equivocado. - No hagas ruido, no corras. - Si te golpeas no llores, etc. - No está bien estar enojado con alguien a quien amas, especialmente tus padres o hermanos. - Etc. Vivimos en un medio donde nuestro ser fue descartado o despreciado, comparado, criticado o burlado; nuestras percepciones invalidadas y nuestros sentimientos ignorados. En otras palabras, crecimos en medio de una “guerra” y no fue en un país desconocido ni en contra de un “enemigo”, ni por poco tiempo. Todo pasó en nuestro propio “hogar”, donde debemos sentirnos seguros y con nuestros padres a quienes amábamos y en quienes confiábamos. Experimentamos lo que es llamado “Trauma de Santuario”. Nuestro lugar más seguro no era seguro y las experiencias las vivimos casi diariamente, por muchos años. Graciela G. Baugher, CCHt. Cofundadora y miembro de la Alianza por la Educación y Salud de los Hispanos. 303- 775-9060. www.gracielabaugher.com
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