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Una pareja se divorcia o se separa (en el caso de que nunca hayan contraído matrimonio, pero vivan como tal) cuando sus integrantes deciden que ya no pueden seguir viviendo juntos y no quieren continuar casados o en la relación. En ciertos casos, ambos quieren o desean la ruptura y en otros casos sólo uno es el que la desea; sin embargo, ambos se sienten afectados.

Es muy difícil para la pareja ponerle fin a su matrimonio o relación, pero deben aceptar la realidad, lograr la adaptación y superar el proceso. Las personas enfrentan estas situaciones dependiendo del grado de madurez emocional que posean.

El pasarse de la raya es algo que ocurre comúnmente, incluso de parte del cónyuge que terminó la relación; y esto se debe a que siente que el amor no ha muerto completamente a pesar de su decisión y separación. En otros casos, la persona es egoísta o narcisista y no acepta que otra persona tome su lugar, pudiendo crear escenas de celos y controversias. La persona que no deseaba el divorcio puede sentir celos, rencor o resentimiento y coraje, sobre todo al saber que su ex cónyuge encontró otra pareja.

En un divorcio de mutuo acuerdo, donde las parejas antes se amaban pero ahora no, por diferentes razones (falta de comunicación o de entendimiento, celos, falta de atracción sexual u otras circunstancias) o cualquiera que sea el escenario, lo más recomendable es buscar ayuda profesional para establecer límites, aprender técnicas de conversación y lograr así que la comunicación con la ex pareja continúe con un mínimo de controversia y con colaboración en la crianza de los hijos.

Lo que más influye en el rompimiento es si el nuevo novio/a o esposo/a tuvo algo que ver con la ruptura o divorcio de la pareja. Si es así, hay pocas probabilidades de que la relación sea amistosa. Si la nueva pareja no tuvo nada que ver con el divorcio, es muy probable que con el tiempo y la recuperación emocional de las partes, la relación entre los ex cónyuges sea más neutral y amistosa.

La nueva pareja no debe involucrarse en el conflicto y no tomar el asunto como “algo personal”, ni crear un triangulo con las personalidades involucradas. Lo ideal es mantener la compostura y la calma, tratando de controlarse y entender que ellos actúan así porque no han sanado aún emocionalmente.

Algunos casos conflictivos tienen solución
y otros no; en los más extremos se requieren consultas con abogados u órdenes de restricción. Cuando un matrimonio se rompe, lo que más afecta a los hijos no es el divorcio en sí, sino el tipo de relación que mantengan sus padres. Para los niños es una situación muy difícil y estresante.

No se pase de la raya: - No utilice a los niños para dañar o para tratar de recuperar al cónyuge. - No convierta a sus hijos en agentes secretos o informantes. - No menosprecie a su ex cónyuge delante de sus niños. - No les niegue el derecho a sus hijos de ver a su padre o madre, porque siente ira, coraje o deseos de venganza. Los niños necesitan ver a sus padres. - No manipule a su ex pareja con los hijos (inventando enfermedades o situaciones cuando la ex pareja tiene un viaje de vacaciones o un evento importante). - Evite el mínimo conflicto con su ex cónyuge o con su nueva pareja. - No hable mal de la nueva pareja.

Graciela G. Baugher, CCHt. 303-775-9060. www.gracielabaugher.com

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