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Roberto Martinez
Saboreando la Noticia

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Todos sabemos que el costo de la medicina en este país es tan alto que enfermarse es definitivamente un lujo. Sabemos también que casi 50 millones de estadounidenses no cuentan con un seguro médico porque éstos, a su vez, son carísimos. (Bueno, en realidad muchos de estos 50 millones son personas que se quedaron sin seguro temporalmente porque han cambiado de trabajo, inmigrantes indocumentados, o se trata de jóvenes que se sienten lo suficientemente sanos y saludables como para invertir en un seguro. Pero, “okay”, démosle por su lado al presidente).

A lo que voy es que Barack Obama ya no tiene porque repetirnos la misma cantaleta una y otra vez.

Si deveras quiere la aprobación de su reforma sanitaria antes de que termine este año, tiene que dar ejemplos concretos de cómo reducirá el costo de la medicina y las primas de las aseguradoras. Por otro lado, si insiste en que la reforma incluya la opción pública, o sea un seguro financiado por el gobierno, debe explicar con lujo de detalle de dónde sacará el dinero para subsidiarlo y, si efectivamente no será con la aplicación de nuevos impuestos, que nos diga, de una vez por todas, qué beneficios o programas que actualmente paga el Tío Sam van a desaparecer.

No entiendo por qué el asunto tiene que ser tan complejo. -Digo, hay cuatro o cinco propuestas distintas actualmente debatiéndose en ambas cámaras y creo que cada una se “explica” en documentos de más de mil páginas-.

Pecando de simplista, le diría que se necesitan hacer dos cosas: limitar las demandas contra doctores, para que éstos no tengan que compensar lo que pagan en abogados defensores cobrando demás por consultas y demás, y abrir la competencia entre aseguradoras privadas. Esto último significa que una persona en Colorado, por ejemplo, pueda comprar una póliza de seguros en Indiana.

Obviamente debe de haber una serie de estipulaciones, como prohibirles a las aseguradoras que le nieguen cobertura a una persona con alguna condición médica preexistente, la implementación de programas que reduzcan gastos administrativos y, entre otras, que se elimine la duplicación de análisis, pruebas y una serie de procedimientos médicos más que son los que hacen que enfermarse, como dije en un principio, sea auténticamente todo un lujo en este país.

* * *

Si usted ha visto el tenis por los últimos dos o tres años, ha notado el nuevo y avanzado
sistema tecnológico que le permite al jugador rebatir la decisión de los jueces de línea. El conocido en inglés como “hawk eye”, le hubiera, en su tiempo, evitado muchos derrames de bilis a John McEnroe, por ejemplo.

Lo que es incomprensible es que toda esta tecnología no sea capaz de verificar si un jugador al momento de su saque cometió falta de pie (foot fault), o sea pisar la línea de fondo antes de golpear la pelota con su raqueta. Y, peor aun, con tantas cámaras de televisión durante un “match”, no concibo que no se haya podido verificar si Serena Williams cometió esta falta durante su semifinal en el Abierto de Estados Unidos.

No defenderé jamás la conducta de la menor de las Williams; no hay duda de que “sacó a relucir el cobre”. Pero de haberse podido verificar la controversial decisión de la juez de línea, a esta pobre mujer se le pudo haber evitado lo que le aseguro fue el susto de su vida. Digo, yo habría salido corriendo si Serena comenzara a embestirme.

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