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Roberto Martinez
Saboreando la Noticia

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Quisiera decirle que soy el primero en usar el término “Dategate”, o que la frase: “la verdad tanta normalidad ya harta”, es mía. ¡Pero no! Fox News me ganó el sarcástico título, mientras que una “blogera” española necesitó de sólo seis palabras para subrayar perfectamente ese chocante afán de los Obama por hacerse pasar por una pareja común y corriente.

En la víspera de su viaje por Medio Oriente y Europa, una de las muchas cosas que dijo Barack Obama es que “los más importante para Estados Unidos es servir como un ejemplo a seguir”. Y yo me pregunto: ¿Qué no debería él a su vez predicar con el ejemplo?

La recesión sigue en pie, los índices de desempleo no bajan y decenas de empresas de todos tamaños cierran sus puertas a diario, pero el señor siente que está bien irse de juerga con su mujer a Nueva York a costa, además, del pueblo estadounidense.

Aparte, ya ni la amuela el presidente; dos días antes de que la General Motors, un símbolo de este país, se declarara en bancarrota, es cuando decide cumplir con la promesa que el hizo a doña Mitchell de llevarla a la Gran Manzana a cenar en un restaurante de lujo e ir a ver una obra en Broadway. ¡Carisma no mata imprudencia, Mr. President!

La Casa Blanca rechazó revelar el costo del viajecito. El secretario de prensa, Robert Gibbs, se limitó a decir que el mandatario “hubiera tomado el puente aéreo si hubiera podido, pero el Servicio Secreto no estaba de acuerdo por razones de seguridad”.

De acuerdo a informes, los Obama no viajaron a Nueva York en el Air Force One, pero sí en un avión del ejército. No obstante, su viaje en el helicóptero del aeropuerto JFK al bajo Manhattan sí fue en el Marine One, el helicóptero presidencial, y el recorrido por tierra al prestigioso Blue Hill y luego al teatro Belasco, en la 44 y Broadway, dentro de la “bestia”, como se le conoce a su limosina.

Estoy de acuerdo en que los presidentes tienen derecho a ser esposos románticos (o papás, como cuando a Barack se le ocurrió ir al partido de soccer de Sasha, la pequeña de sus hijas). De hecho, me gusta en parte la idea de que intenten llevar una vida lo más normal posible. Pero no hay que exagerar. Como bien dice en su “blog” Anna
Grau, los Obama deben comprender que “la gente normal, cuando es seria, se da cuenta de que un presidente de los Estados Unidos cena en su casa”. Y si sale, agrega Grau, “es con tal sutileza y discreción que sólo se enteran el perro y el Servicio Secreto”, para que así, y esto ya lo digo yo, no incurramos en gastos francamente inútiles.

Créame que su paseíto por Time Square nos salió en un ojo de la cara, y justo en momentos en los que no estamos como para andar pagando caprichitos.

Lo de Obama sinceramente fue una cachetada con guante blanco, por no decirle fregadera, para quienes, increíblemente, en este país se están muriendo de hambre.

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