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El parpadeo del cursor me empezó a volver loco. No sabía cómo abrir mi columna, a pesar de que esta semana era obvio que no había más que dos temas que saborear y que ambos me darían mucho de qué escribir. Y es que digo, por los últimos tres o cuatro días de cada dos noticias una ha sido sobre el “flu mexicano” y ayer, durante el día entero, la otra fue sobre los 100 días de gobierno de don Barack. Pensé en comenzar preguntándoles a todos aquellos que se han burlado de mí porque me lavo las manos casi cada cinco minutos o abro las puertas de todo lugar público con los codos si realmente soy un exagerado o si las exageraciones han sido de parte de las autoridades mexicanas con las medidas preventivas que han tomado o de los medios de comunicación con su cobertura. También pensé en hacer un comentario, despectivo quizá, contra algunos de mis paisanos que de manera inescrupulosa se han aprovechado de la situación en mi querido México para hacer su agosto vendiendo a precios ridículos, por ejemplo, los tan demandados tapabocas. Sin embargo, después de un largo debate conmigo mismo, deduje que El Hispano se ocuparía de lo último sobre la influenza porcina y que mejor sería poner un punto y aparte a este tema y enfocarme en la calificación que le pondría a Barack Obama por lo que lleva de gestión. Para ser honesto, confieso que en la clase de popularidad a Mr. Obama le daría un 10. Gracias a su carisma y una aparente sencillez y buena voluntad, don Barack ha logrado un índice de aprobación del 68 por ciento entre los estadounidenses y, a nivel internacional, hasta el cariño de tipos como Hugo Chávez se ha ganado. Obama, sin duda, cae bien. Es un cuate alivianado, como lo calificó un columnista mexicano, capaz de bailar con Ellen DeGeneres y bromear con Jay Leno sobre atletas discapacitados. Créame que Obama debe sentirse muy orgullosos de que sólo 22 de cada 100 personas no hayan sido hechizadas por su encanto. Pero en otras clases, sería injusto seguir dándole 10, ya que en estos últimos tres meses y pico no todo ha sido color de rosa en “Obamalandia”. Una de sus promesas de campaña, por ejemplo, fue la de trabajar con el otro lado; una nueva y esperanzadora era bipartidista en Washington, dijo. ¿Pero qué fue lo que hizo apenas tres días después de su toma de posesión? Mandó a volar las sugerencias de legisladores republicanos sobre el paquete de estímulo económico, diciéndoles, y estoy parafraseando: “señores gané yo”. Y qué tal su crítica al despilfarro a través de “earmarks”. Cuando buscaba la chamba, dijo que jamás firmaría una ley con “pork”, pero su firma quedó impresa en la ley de gastos con todo y las más de nueve mil “porquerías” dentro. Para mí, ha cometido otros errores; divulgar los memos en los que se habla de los métodos de interrogación, o el no haberse preocupado por averiguar si los políticos que invitó a su gabinete habían cumplido con sus obligaciones fiscales, son sólo algunos. Incluso, hasta podríamos decir que la estupidez de permitir que volaran su avión sobre Manhattan fue un grave error y resulta peor si efectivamente no tenía, como nos aseguran, la más mínima idea de lo que pretendían hacer. No obstante, supuse que ya para este jueves usted estaría también harto de escuchar de la Obamanía, por lo que mejor opte por escribir de algo más interesante como la vida de Salma Hayek. ¿Se enteró de que tiene estrías en los pechos?
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