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Si la noche previa a la Navidad además de ser noche de paz y amor es de abuso de drogas y alcohol, ya me imagino las noches de juerga, como las del 31 de diciembre. Pero lo preocupante, entre otras cosas, no es tanto que personas débiles de mente insistan en autodestruirse incluso en estas fechas, sino enterarse de que en noches como éstas, cuando podría detenerse a un buen número de “delincuentillos”, el sistema jurídico de este país orilla a gente buena a convertirse en cómplices del delito. Le explico: Una enfermera de una sala de emergencias de un hospital de Denver me platicaba que la noche del 24 de diciembre, por ejemplo, es una de esas en las que atienden a más drogadictos. De esa gente que se toma muy en serio aquello de que es más bonita una “blanca Navidad”, ya que aparentemente la droga tradicional de Noche Buena es la cocaína. Mi curiosidad me llevó a preguntarle si al atender a alguien que le dio un jalón de más a este asqueroso y destructor polvo, el personal del hospital denunciaba al paciente ante las autoridades. “No, nosotros no somos policías”, me contestó. “Sólo debemos hacerlo si encontramos drogas en las bolsas de su pantalón o chamarra, pero a veces es mejor tirarla a la basura que reportar al paciente”, agregó con cierta indiferencia. Para serle sincero, de entrada su último comentario me sorprendió, indignó y me hizo sentir mucho coraje. Y es que, digo, mucho hemos hablado de que en esta guerra contra el narcotráfico el primer frente debe ser combatir el consumo de drogas y, cuando se tiene enfrente a uno de estos infelices consumidores, literalmente con las manos en la masa, se les deja así no’más, como si hubieran ingresado por un simple resfriado. No estoy diciendo que enfermeras y personal de hospitales sean malas personas, a pesar de que de una u otra manera son partícipes de un serio problema. De hecho, su explicación me hizo pensar que juzgarles podría ser incluso algo injusto. En este particular caso, parte del problema recae en que en el sistema jurídico estadounidense, aun tras agarrar a alguien con las manos en la masa, por alguna extraña razón en más de una ocasión el delincuente sigue siendo inocente hasta que se le compruebe lo contrario. En consecuencia, denunciar al paciente implicaría perder horas y horas de tiempo. En pocas palabras, la enfermera me dijo que entregar la droga a la policía significaría tener que declarar una y otra y otra vez ante detectives, posibles viajes y más viajes a la corte, quizá tener que presenciar un largo y tedioso juicio y, qué decir del papeleo. Por eso, dijo la mujer, es a veces mejor desaparecer la droga y punto. Ahora bien, digo que sería algo injusto juzgar a los enfermeros porque obviamente nadie quiere quedar atrapado dentro de una batalla legal. Sin embargo, ojalá pronto se den cuenta de que su sacrificio es vital para combatir este mal. Quizá cuando vuelva a hablar de este tema con la enfermera le haga esta pregunta: ¿Qué tal que el drogadicto que dan de alta y dejan ir impunemente se topa con uno de tus hijos al día siguiente?
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