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Roberto Martinez
Saboreando la Noticia

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Si la noche previa a la Navidad además de ser noche de paz y amor es de abuso de

drogas y alcohol, ya me imagino las noches de juerga, como las del 31 de diciembre.

Pero lo preocupante, entre otras cosas, no es tanto que personas débiles de mente

insistan en autodestruirse incluso en estas fechas, sino enterarse de que en noches

como éstas, cuando podría detenerse a un buen número de “delincuentillos”, el

sistema jurídico de este país orilla a gente buena a convertirse en cómplices del delito.

Le explico: Una enfermera de una sala de emergencias de un hospital de Denver me

platicaba que la noche del 24 de diciembre, por ejemplo, es una de esas en las que

atienden a más drogadictos. De esa gente que se toma muy en serio aquello de que

es más bonita una “blanca Navidad”, ya que aparentemente la droga tradicional de

Noche Buena es la cocaína.

Mi curiosidad me llevó a preguntarle si al atender a alguien que le dio un jalón de más

a este asqueroso y destructor polvo, el personal del hospital denunciaba al paciente

ante las autoridades. “No, nosotros no somos policías”, me contestó. “Sólo debemos

hacerlo si encontramos drogas en las bolsas de su pantalón o chamarra, pero a veces

es mejor tirarla a la basura que reportar al paciente”, agregó con cierta indiferencia.

Para serle sincero, de entrada su último comentario me sorprendió, indignó y me hizo

sentir mucho coraje. Y es que, digo, mucho hemos hablado de que en esta guerra

contra el narcotráfico el primer frente debe ser combatir el consumo de drogas y,

cuando se tiene enfrente a uno de estos infelices consumidores, literalmente con las

manos en la masa, se les deja así no’más, como si hubieran ingresado por un simple

resfriado.

No estoy diciendo que enfermeras y personal de hospitales sean malas personas, a

pesar de que de una u otra manera son partícipes de un serio problema. De hecho, su

explicación me hizo pensar que juzgarles podría ser incluso algo injusto.

En este particular caso, parte del problema recae en que en el sistema jurídico

estadounidense, aun tras agarrar a alguien con las manos en la masa, por alguna

extraña razón en más de una ocasión el delincuente sigue siendo inocente hasta que

se le compruebe lo contrario.

En consecuencia, denunciar al paciente implicaría perder horas y horas de tiempo.

En pocas

palabras, la enfermera me dijo que entregar la droga a la policía significaría

tener que declarar una y otra y otra vez ante detectives, posibles viajes y más viajes a

la corte, quizá tener que presenciar un largo y tedioso juicio y, qué decir del papeleo.

Por eso, dijo la mujer, es a veces mejor desaparecer la droga y punto.

Ahora bien, digo que sería algo injusto juzgar a los enfermeros porque obviamente

nadie quiere quedar atrapado dentro de una batalla legal. Sin embargo, ojalá pronto

se den cuenta de que su sacrificio es vital para combatir este mal.

Quizá cuando vuelva a hablar de este tema con la enfermera le haga esta pregunta:

¿Qué tal que el drogadicto que dan de alta y dejan ir impunemente se topa con uno de

tus hijos al día siguiente?

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